Danna.Constanza Fernández.Capítulo 0. (flashback)—¿Qué es lo que ves?
Sonrió al escuchar a su madre. Solía hacerle las mismas preguntas todas las tardes y desde hace tanto tiempo que no sabía calcularlo con exactitud. ¿Qué niño necesitaba tener esos conceptos en cuenta, en todo caso?Le costaba diferenciar las formas entre las nubes. Eran demasiado complejas, y no por su edad, porque ese no era el problema; cinco años y unos cuantos meses, o eso es lo que decía el parte médico cada vez que iban al chequeo mensual. Era que siempre estaba buscando ir más allá. Podía ver una esponjosa silueta de un helado, pero deseaba hallar algo novedoso. Distinto. Quería sobresalir, echar la imaginación a volar y no tener límites. Danielle le repetía lo mismo una y otra vez. Y más que mal, era esa mujer la responsable de su crianza. Porque su padre por otro lado…—¿Danna? ¿Me estás escuchando? —giró la vista en su dirección.Asintió de inmediato. Calló por un segundo y después, apuntó con el índice pequeño y delicado, hacia el cielo. Una tez blanca casi parecida a la leche, se tiñó de los rayos del sol, donde aprovechó de taparse los innegables e intensos ojos azules, herencia de su madre, contra estos.—Creo que es un hipopótamo. —frunció el ceño.Danielle ya estaba de medio lado, presionando las suaves arrugas entre sus cejas. Con dos sencillos dedos obtuvo lo que quería: evitar que quedaran marcas.—Eres tan parecida a tu padre… —dijo con cierto pesar.¿Acaso eso era algo malo? El comentario no hizo más que atenuar las facciones ya lo suficientemente expresivas de la pequeña. Mamá siempre hacía ese tipo de oraciones donde su padre estaba como última frase. O en el medio. Pero pocas veces ahí, con ellas.—¿Eso es una estrella de mar? Sí, lo es. —Danna respondió en contra de sus deseos por preguntar más, de saber y sanar su hambrienta curiosidad.En vez de seguir con el tema principal, su madre abrió los ojos más de la cuenta. Tendidas sobre el pasto del amplio patio trasero de la casa donde vivían, todo parecía más relajado, perfecto. Y ella, más hermosa que nunca. Esperaba ser tan parecida, tener la misma sonrisa y carisma que hacía que todos estuvieran enamorados y deseando tenerla cerca.Danna cerró los ojos y suspiró. No sabía si era por estar viendo el mundo seguir su rumbo mientras ellas tomaban un descanso antes de las clases de su madre o por el hecho de pensar continuamente en su padre. En cuándo vendría, específicamente. Lo extrañaba. No se atrevía a decirlo porque eso hacía a Danielle sentirse triste. Desesperada. ¿Cómo lo sabía? No tenía claridad, pero solo lo sentía. Lo veía en sus ojos.—¿Qué es lo que quieres llevar de colación al estudio?Su interrupción la hizo cavilar sobre contarle a su madre de la nube con forma de gusano que pasó con tanta parsimonia que de haber sido tan alta como el cielo, la habría tomado con las manos para dársela a su madre. En vez de eso, relamió sus labios y volvió a envolverse en el silencio nada incómodo que crecía entre ambas cuando decidía qué decir. Con paciencia, como le había sido enseñado por una de las mujeres más conocedoras de dicho significado.Su madre, la maravillosa Danielle Selene, era una mujer dada hacia las artes. El baile era una de sus grandes pasiones, tanto así que consiguió tener su propio estudio de danza. Tenía alumnas de varias edades, todo para pasar más tiempo con ella. Era reconocida por su talento, su habilidad de expresar emociones por medio de la música, pero al quedar embarazada tuvo que optar por otras alternativas para conseguir ser profesional y madre al mismo tiempo.—Juguito de naranja, galletas de chocolate y uno de esos exquisitos rollos de canela.La sonrisa llena de ingenuidad y felicidad era capaz de hacerla conseguir cualquier cosa. No en un ámbito manipulador, sino que todo lo contrario. Era sincera. Más de lo esperado.—¿No crees que es mucha azúcar para ese cuerpo tan pequeño que tienes?Sin esperar una respuesta, Danielle se volcó de inmediato hacia ella. Las cosquillas no tardaron en aparecer y las risas también.—¡Por favor, por favor! ¡No aguanto! —gritó en júbilo.No le importaban los vecinos. Ellos sabían la manera en que solían entretenerse. Al cabo de unos segundos los dedos dejaron de estar en su vientre. Apenas podía contener la respiración acelerada y las lágrimas corriendo por sus mejillas.—Iré a preparar las cosas. —la mayor se puso de pie—. Lávate los dientes y el rostro. Te espero para irnos.—Está bien.—Cinco minutos, Danna Costello. No más. —la apuntó con el acusador índice.Por eso lo imitaba. Su madre era una profesional a la hora de usarlo. Incluso con su padre.Se quedó sola por tanto tiempo que no se dio cuenta de cuánto había pasado, salvo cuando sus brazos estaban medio entumecidos por el frío. Centrándose en el cielo azul, precioso y extenso, se dejó tragar por esa misma inmensidad. Pensó en muchas cosas. Desde si había alguien mirándola desde ahí o si de pronto un extraterrestre estacionaría su nave para llevársela. Porque sí, una vez sin querer vio uno de sus programas y no pudo dormir una noche completa. Su madre la regañó, claro está. Nunca más quiso saber del tema.Se colocó de pie. Un suave mareo la retrasó de sus planes de buscar a su madre. Se quitó el posible césped en la ropa y cabellos claros, para después cruzar el trayecto entre el verde oscuro y brillante hasta el cemento de la terraza. La puerta estaba abierta así que solo tuvo que tirar de la manilla y entrar. No tenía idea de lo que terminaría encontrando tan solo de estar en el interior.Era su casa, por supuesto. La diferencia es que el frío de afuera no era nada comparado con lo que ahora sentía. Diminuta, apenas podía ver por sobre la encimera, pero no parecía que su madre estuviese ahí preparando las cosas como dijo. Por instinto, cerró tras ella. La hacía sentir más segura, por tonto que fuera. Sabía que nadie estaba en el patio. Avanzó, dando cortos pero constantes pasos hasta que dos cuerpos captaron su atención. Volvió a juntar las cejas, confundida. No podía distinguir quién era, pero en el fondo, en la ignorancia de su poca edad, supo que no podía resultar ser algo bueno.Acercándose un poco más, vio que una de sus pesadillas se hacía realidad. Su madre, la única mujer que tenía en el mundo entero, —porque así lo veía la pequeña Danna, viéndose sin su padre y sus abuelos—, estaba acostada en el suelo de madera color oscuro. Sobresalía de la imagen porque de pronto, todo estaba muy iluminado y a su propio gusto, imposible de soportar. Sentía que era similar a encender el televisor en medio de la noche. Así de enceguecida estaba.Dos pasos más. Solo dos. Tal como esperaba, sus cálculos fueron casi exactos. Le faltó uno solo para llegar. Tragó saliva y contuvo un grito en la garganta.—Así es como tenía que ser.Fue lo único que la sombra dijo antes de desaparecer por completo. No por la puerta, ni tampoco por su lado. Se desvaneció igual que neblina en una mañana de invierno.Algo iba mal.Bajó la vista hasta su madre. Los ojos estaban abiertos, casi fuera de sus cuencas, la expresión perdida, adolorida. Sus manos estaban encrespadas; se estaba aferrando a algo antes de morir. O alguien. Piernas inmóviles en señal de haber luchado minutos antes. Estaba fría, dura. Parecía hecha de arcilla. Sin ese rosado color en sus mejillas después de las rutinas de baile que ejecutaba en el estudio. Danna intentó moverla, pero no consiguió mucho. Puso la mano en el corazón, pero nada. Ni un solo movimiento.Miró alrededor, desesperada. Apartó un mechón de cabello casi rubio hacia atrás, y mordió sus labios. Pensó que era una broma y que Danielle sonreiría cuando viese lo asustada que estaba, y quizás ese era el motivo por el cual en primera instancia no lloró. Juntó las piernas y se abrazó a ellas mientras esperaba volver a ver esos ojos azules y la picardía en su mirada.Mantuvo la cabeza sobre las rodillas a la espera de una respuesta durante minutos. No tanto como para quedarse dormida pero lo suficiente para saber que esperaba un imposible. Lágrimas calientes marcaron un camino por sus regordetas mejillas, por donde después pasaron las siguientes. Lloró en silencio. No quería romper con la calma en la que Danielle estaba envuelta. Siempre la había visto dormir en su cama antes de tener que levantarse para ir a la escuela. Ahora era distinto.Nerviosa y tambaleante, consiguió estabilizar su cuerpo y tener las fuerzas para pensar en lo siguiente que hacer. Tendría que salir e ir hasta la casa vecina, donde la amiga de su madre, Beatrisa. Esta sabría qué hacer, dónde llamar. Ahí también estaba Leonard, pero no tenía ganas de jugar. Menos de apartarse de su madre.Corrió, corrió con todas sus fuerzas hasta la puerta. No avanzó. Era un inagotable pasillo que parecía cerca pero volvía a alargarse cuando la yema de sus dedos estaban por tocar el pomo. Intentó gritar, pero todo lo que salía de su boca era mudo.Comenzó a removerse, todo con tal de poder despertarse. Odiaba ese tipo de pesadillas que le recordaban lo sucedido una y otra vez. No eran frecuentes, pero siempre había algo que las detonaba. Algo en el interior de su cabeza. Inconsciente, como su terapeuta había dicho sin siquiera mirarla a los ojos. Por eso no solía dormir mucho. Con suerte cinco horas, y eso que manejaba dos trabajos a la perfección. Ahí era capaz de no pensar en el pasado, lo que ayudaba a tener una vida más o menos normal.No dejó de convulsionar hasta que por fin los ojos se le abrieron de golpe. Le dolía la cabeza y tenía el cuerpo sudoroso, con mechones de cabello pegados a los hombros y a la nuca. La sensación de vulnerabilidad, de miedo, no la dejó hasta que tuvo que ponerse de pie para ir a la ducha. Ni siquiera consultó el reloj en la pantalla del teléfono cuando pasó por el lado.Eran las seis y treinta. Justo como la mayoría de los días. A las ocho y cuarenta tendría que estar en el trabajo, más o menos. Eso le daba tiempo suficiente para pretender ser una persona normal, llena de vida y apasionada por su labor.El problema principal, era que Danna Costello nunca sería normal después de la muerte de su madre.
Capítulo 1.Si había algo que no le gustaba en absoluto, eran las fiestas. Los mismos eventos para hacer sonar su apellido, una y otra vez. Ser una Costello en Estados Unidos era pasar inadvertida la mayoría de las veces, pero cuando se estaba en sociedad con otros italianos significaba estar preparada para que pusieran una corona de oro sobre su cabeza y la admiraran como a la mismísima reina de Inglaterra. Su padre no se lo pedía muy a menudo; Alessandro sabía a la perfección lo que Danna pensaba de la sociedad, esa misma que años atrás se encargó de hacerle notar que estaba del lado incorrecto. Pero Dante, su hermanastro y el del medio en el clan familiar, prefirió perderse la reunión de la alcurnia y escaparse con alguna chica, una pobre e ilusa mujer que dejándose llevar por las poéticas palabras del hombre habría hecho cualquier cosa por darle en el gusto. Y por unas cuantas visitas a lugares caros y donde jamás habría podido poner un pie sola. A la italoamericana, porque esa era la nomenclatura de sus genes, no le gustaba asistir por dos motivos: primeramente, porque lo suyo eran más las fiestas con descontrol: sexo y alcohol de por medio, de preferencia; y dos, porque sentía que encargarse de los negocios familiares no tenía nada que ver con ella. No desde hace años.Tendría que haber aceptado encabezar el legado familiar. El negocio familiar, mejor dicho. Pero para Danna lo único importante era abandonar Nápoles lo más pronto posible y hacer una vida nueva en la Gran Manzana, esa misma que había recorrido con poca consciencia y mucho corazón años atrás, de la mano de su madre. Pero los planes dictaron otra cosa muy diferente. Además, no le correspondía a ella sentarse en el gran sillón de cuero negro de papá. Era Dante el único hombre y por tal, responsable moral de tomar las riendas de la inmobiliaria. Ella solo estaba prestando su precioso rostro para conseguir inversionistas, gente interesada en hacer negocios con la firma. Y era excelente con las palabras, lo que conseguía muchos más beneficios de los que el del medio podría obtener con unas cuantas sonrisas.Ahí estaba entonces, proponiéndose fingir la sonrisa más hermosa y ojalá más sincera de todo el lugar. Una creíble, que hiciera juego con el escandaloso vestido rojo que dejaba muy poco a la imaginación en el área del busto, ese que se ajustaba con gusto sobre su delgada cintura y caderas. Sentía la mirada de la mayoría de la gente, sobre todo hombres, pero no era lo importante ahí. Ni después, porque pocas veces prestaba real atención a eso. Salvo cuando quería acostarse con alguien. Entonces sus gélidos ojos azules cambiaban a uno oscuro e intenso, casi tormentoso.Le bastó una primera copa de bourbon, su bebida favorita por sobre cualquier otra, para después encaminarse con una segunda y tercera. Ya casi no le hacía efecto el alcohol en el torrente sanguíneo, pero los excesos los reservaba para la intimidad de su hogar, en las afueras de la ciudad. Ahí estaba todo lo que necesitaba, donde medianamente la vida era más fácil.Consiguió algunas tarjetas de empresarios, las que guardó en el bolso que estaba trayendo con ella. Lo pegó bien a su costilla derecha antes de ir por una copa de camarones. Comer era otra de sus grandes pasiones aunque jamás se llegara a pensar por la contextura delgada pero proporcionada que solía dejar a la vista de los curiosos. Conversar, un don sacado de su padre, le permitía mantener largas charlas y hacer que los que la oían no pensaran en otra cosa que no fuese en ella.Parecía que lo disfrutaba, el tener atención. Caso contrario, porque cada que alguien se interesaba en lo que fuera que dijese, por mínimo, sentía que se estaba desnudando en demasía. Y no era algo que la italoamericana soliese hacer.Habiendo pasado varias horas en el lugar, acompañada de personas que desconocía por completo, y de haber bebido más de lo que se permitía cuando estaba conduciendo, Danna empezó a despedirse con la esperanza de poder arrancarse sin que intentaran persuadirla de conseguir un taxi o de que algún interesado en pasar una noche de pasión quisiera proponerle llevarla. Claro que lo consiguió. No quería cortejos innecesarios.Casi a la una de la mañana, en pleno trayecto por la carretera, recibió un llamado inesperado. Lo supo por los números en la pantalla tanto del teléfono como por la del deportivo que solía conducir. Un ferrari rosso fiorano, de sus mejores compras y el que más le había gustado manejar. Los pies le dolían, pero aun así seguía manteniendo su dignidad intacta: llevaba los tacones puestos. Y no se los sacaría hasta llegar.Al quinto llamado atendió. No quería perderse el grito final de Axl Rose en el coro. Ni siquiera pudo terminar la canción, en todo caso.—Agente Costello al habla.Se aclaró la garganta antes. El bureau solía sorprenderla con esas llamadas a última hora y a ella no le quedaba más que aceptarlas. Era su trabajo, por lo que había luchado tanto y que ahora veía cada mañana al despertar. Jamás un hombre. No solía pasar la noche con nadie, salvo uno solo. Leonard.—Necesitamos refuerzos en el área del túnel libertad. ¿Necesita la dirección? —silencio de segundos—. Su GPS nos indica que está más cerca que otros agentes.Un cansado suspiró dio paso a su tedio. Quería irse a casa. Mucho. Nunca había necesitado tanto la soledad escalofriante de ese lugar. Y encima estaba con unas cuantas copas encima, lo que a simple vista era motivo para tacharla como incompetente en la misión.Pero la mujer que seguramente estaría usando una coleta baja y un micrófono con audífonos incorporados, no lo sabía. O no se había dado cuenta de ese pequeño gran detalle. Danna tampoco se lo haría saber, pues amaba la adrenalina.No necesitaba la dirección, así que negó con la cabeza. Después, recordando que esta no podía verla, verbalizó los hechos. Mantuvo ambas manos presionadas sobre el volante. Aceleró con el pie al máximo contra el suelo.—¿Qué es lo que pasó para que haya tanta necesidad por trabajar a esta hora?Miró el reloj. Pocos casos requerían ese tipo de prioridad.—Uno de los sospechosos de asesinato por encargo, publicaciones en la Internet profunda ha escapado y se le ha visto ingresar al túnel.Ya. Solo tenía que escuchar “asesinato por encargo” para comprender todo el esquema. Era uno de los más buscados por el FBI. El mismo, que además de ser un real psicópata a quien no le importaba mancharse las manos a cambio de dinero, hacía cuentas bancarias, con propósitos de lavado u otros, para estafar a las personas. Diferentes métodos, como cambio en una letra de las páginas web de transacciones bancarias, —porque nunca nadie era tan cuidadoso de leer lo que escribía—, eran de sus más grandes hazañas. Por eso era perseguido con tanta necesidad. Nunca se dejaba ver, así que era extraño que ahora decidiera dar un paseo nocturno a sabiendas de la deuda judicial que caía sobre sus hombros.Por un momento, una fracción de segundo, Danna redujo la velocidad de manera impresionante, tanto así que la cabeza hizo un gesto duro que repercutió en su nuca. Le dolió igual que el picante deje de una palma chocando con la otra. Dudó de si valía la pena meterse en eso.—Agente Costello, ¿me escucha? —silencio—. La necesitamos.—Puedo estar ahí en unos quince minutos si...me salto algunas leyes del tránsito. —respondió. Miró alrededor, pero no había movimiento de otros automóviles.—El superior a cargo dice que haga lo que deba para llegar a tiempo. No se puede escapar una vez más.Cortó la llamada antes de recibir alguna otra indicación. Desde ese instante corría por su cuenta cualquier cosa que hiciera. No solía pegarse a las reglas como cualquier otro de sus compañeros haría. Suponía que había perdido el respeto a ese tipo de cosas. Lo suyo era más la improvisación en momentos desesperados, lo que se contraponía por completo con esas ansias de tener todo planificado, en orden. Saber dónde iba a dar el siguiente paso en su vida personal, pero en el área profesional mandar todo a la mierda y no perder el tiempo en cosas pequeñas. Arriesgada, cabezota y algo demente. Algunas de las características que más le atañían. Seguro que no le importaría morir, de ser el caso.Siguió el recorrido recto, subiendo la velocidad todo lo que fue posible. En un último tramo viró a la izquierda y dobló en U, contra el tránsito. Rogaba porque nadie tuviese la idea de venir por el mismo camino o podría poner la vida de alguien en riesgo, justo lo que no deseaba. Necesitaba llegar luego a la bifurcación. Eso la hacía comerse las uñas cuando no tenía ambas manos sobre el volante, y hasta masculló palabras poco amables. Era su obligación llegar a tiempo.A unos cuantos metros del túnel, se bajó. Con el arma en la mano derecha, —la dominante—, recorrió unos cuantos pasos para verificar que todo estuviese en orden, al menos en ese perímetro. Todavía estaba lejos, pero no desestimaba la idea de que el sospechoso, en conocimiento de ser reprendido por las autoridades, correría lo más lejos posible. Por suerte el bolso lo dejó debajo del asiento, junto a su teléfono. Lo siguiente en el plan de varios pasos, era cambiarse de ropa. No iba a correr sobre esos preciosos y caros tacones, y menos con un vestido tan increíble como el infartante que tenía puesto.Fue hasta la parte de atrás. Su silueta bailó en los oscuros tonos del vehículo en el proceso. Deseaba que algo ahí dentro fuese de ayuda para moverse con agilidad. Recordó haber dejado un bolso negro con ropa deportiva, del último entrenamiento. Lo dejó ahí, olvidado, por lo que agradeció tener esos lapsus repentinos donde pasaba cosas por alto. Pero como llamar la atención no contaba en lo que debía hacer, Danna tuvo que hacer uso de las manos para registrar todo el interior. Le costó, porque estaba lleno de cosas; bolsas, herramientas que Leonard dejó por algún extraño motivo, y los instrumentos de seguridad en caso de quedar tirada en medio de la carretera. Ah, y el botiquín, el que pocas veces usaba.Dio con el bendito mango y arrastró este fuera, donde pudiera ver mejor. Abrió con sigilo y revisó una a una las prendas. Lo único que le faltaba, para su mala suerte, era lo más importante de todo. Un sujetador de deporte. Golpeó el borde del automóvil con furia. No tendría más remedio que revisar qué encontraba para suplir el sostén necesario para desenvolverse en su papel de agente.—Tiene que haber algo… —masculló, removiendo entre espacios vacíos. Se pegó en las uñas varias veces, a lo que retrocedió tal y como si se hubiese quemado—. ...sé que había...hm….Sonrió con júbilo. Era de esas muecas que no reflejaban genuinidad espiritual, ni un estado pasajero del ser humano; para Danna era solo la consecución de acciones que la llevaban al éxito. No una sensación placentera, de éxtasis. No sonreía porque lo sentía en el alma. Más bien terminaba siendo un reflejo.Comenzó a desvestirse, primero desde arriba para desatar el tirante de tela roja que se cernía en su cuello. Arrastró el intenso color hasta liberar sus pechos y poder enrollar estos con una cinta de color gris. Dolería como el mismísimo infierno cuando tuviese que arrancarla, pero valdría la pena. Las calzas y las zapatillas fue lo último que se puso. Tuvo cuidado de abrocharse bien los cordones y guardar su elegante vestimenta en el maletero. Tendría que pedir que lo lavaran por la mañana. Que estuviese listo para una siguiente oportunidad. Las llaves del auto las tuvo que poner en el espacio entre sus senos.Él último vistazo y emprendió camino hacia el comienzo del túnel, donde parte de sus compañeros debían de estar investigando. Algunos eran reales profesionales sacados de una serie de televisión, mientras que otros parecían haber perdido cualquier esperanza en sus talentos. Ella estaba en el primer grupo; siempre lista para la acción, para arremeter con todo de ser necesario. Muchos pensaban que era una manera de demostrar por qué estaba metida ahí, entre agentes, y tenían mucha razón. Tampoco es que le hubieran hecho la bienvenida al plantel muy cálida. Vivían susurrando, preguntándose cómo era posible que una Costello estuviese ahí. A veces no se trataba de su apellido, era ella como persona.Demasiado hermosa y femenina.
Capítulo 2.Demasiado frívola e intensa.Saludó a un grupo que más que ayudar parecía perder el tiempo en una acalorada conversación sobre cómo entrar al túnel. Uno dijo que no habían suficientes agentes para cubrir las salidas, mientras que otro puntualizó que por eso no habían llamado a los policías, que ellos podían hacer esta misión. Danna estaba con el último hombre, por supuesto.No quiso perder más tiempo y apoyándose del arma de servicio, ingresó. Todo estaba oscuro pero hace años que ella ya no pensaba en esa sensación de terror absoluto que le provocaba estar sola en medio de la noche. Si era el caso, resultó que consiguió camuflar sus emociones una vez más. Solía ser de la misma manera una y otra vez, nunca permitiendo que algo la apartase de su meta.Junto a la espesa negrura abastecida por las anchas paredes de concreto también estaba el asunto del hedor. La mezcla de putrefacción se unía de la mano con los desechos humanos en una danza que tenía a la agente mareada y casi a punto de vomitar. Tuvo que taparse la nariz durante un buen rato mientras se dejó engullir por la oscuridad a cada paso dado. Solo quería acostumbrarse puesto que sin una mano, era imposible salir con vida de ahí. Con todos los sentidos más que desarrollados, procedió a dar pasos cada vez más lejos del ahora distante arco, en el que apenas se percibía la diferencia entre adentro y afuera. No se sentía preocupada. Era ansiedad lo que recorría su cuerpo.Si rompió una hoja, esta amplificó su pequeña bomba molecular en un eco que no deseaba sacar a la luz. Debía ser cuidadosa, casi levitar por el suelo y hallar la manera de ser más inteligente que la persona cuyas pistas seguía. Movió las piernas apenas unos centímetros, sin sacar la planta del suelo lleno de tierra, piedras pequeñas y grandes, más otras cosas que no quería averiguar.De manera inesperada, alguien apareció en su rango de visión muy tarde para su mala suerte. La figura masculina, lo que infirió gracias a la fuerza y la forma pesada de moverse, la sostuvo por detrás, ahorcándola. Danna intentó luchar pero por la posición en la que se encontraba le fue imposible hacer algo. Debido a su atrevimiento, la agente terminó contra una de las paredes y antes de caer al suelo, sostenida de un brazo y obnubilada por una luz que apuntó directo a sus ojos azules. Creyó que era por culpa del alcohol en su organismo, pero no. Sucedía de verdad. Rebuscó el arma, que jamás halló. Se preguntó cómo la había perdido en vez de cuestionar qué pasaría con ella habiendo sido encontrada.La sombra se hizo más cerca suyo, imposibilitando cualquier tipo de reacción por su parte. El golpe la atontó un poco, por eso lo lento de sus reacciones. De haberlo visto venir la historia habría sido otra.—¿Alguien te extrañaría si mueres, agente? ¿Tienes familia? ¿Hijos, tal vez?El hombre, porque reconoció el tono de voz, habló con ironía. Quería meterle el dedo en la herida, hacerla sufrir y jugar con sus emociones.Dante. Marie. Su padre. Leonard. Esos nombres dieron vueltas a su alrededor. Pensó en asentir, pero le pareció detestable. Como no fue capaz de responder, el hombre se las ingenió a la hora de explayarse.—¿Sabes lo que les duele más a las perras como tú? No es el hecho de que las violen, o las toquen...es el que les hagan daño en su herramienta de trabajo. —sonrió en una mueca amplia y guasona—. ¿No es con esto que consigues todo lo que quieres? —algo helado usó para recorrer la pálida piel de su mejilla—. Es un bisturí. —respondió. Le leyó el pensamiento, lo que la hizo estremecer—. La belleza lo es todo para las mujeres frívolas como tú. Viven arreglándose y buscando llamar la atención de las personas, tanto que dejan de serlo. Se transforman en demonios.La agente mantuvo la respiración regular de siempre, aunque de vez en cuando necesitó algo de apoyo de su boca para conseguir un poco más de oxígeno. Nuevamente sin una respuesta por entregar, prefirió morderse la lengua. Ya era suficiente con la exaltada conversación que el desconocido, todavía, seguía entablando. Aunque fuese un monólogo, era lo suficiente bueno como para pretender darle espacio a respuesta, pese a que no hubiese nada que decir.El dolor en la espalda y omóplatos disminuyó, pero Danna no tenía la fuerza necesaria para derrotarlo por su cuenta. Ninguno de sus compañeros sospechaba donde se había metido.—¿Me vas a matar? ¿Es eso? —para la suerte de la mujer, pudo sonar constante y segura a pesar de tener la garganta seca—. Porque puedes ahorrarte todo el discurso y solo hacerlo.Negó y sumado a eso, chasqueó la lengua con aires de superioridad. La pose le entregaba dicho pódium, pero no sería por mucho tiempo.—Me imagino que por tu profesión tendrás muchos enemigos, agente. —posó dos dedos en su garganta. Presionó con fuerza hasta el punto de hacerla toser—. ¿Cuántos dólares le pondré a tu cabeza? Miles, creo.Tener enemigos no era el problema principal del asunto, sino que mantenerlos a raya se transformaba en una encrucijada a la que no podía atenerse. Ya siendo agente federal se veía expuesta a toda clase de amenazas, más cuando se sabían ciertas cosas sobre su familia y sus andanzas, que era generalmente el motivo de disputa. Todo se sabía en los suburbios; pese a ser una ciudad tan grande casi siempre se pasaban los datos sobre gente interesante. Ahí estaba la mayor de los Costello.Tomó la iniciativa cuando sintió que recuperaba la fuerza. Le atrajo por los hombros y golpeó justo en la entrepierna, un ataque vil y sucio pero que en realidad no tuvo consecuencias tan graves como en realidad deseó. No conforme con este repentino ataque, Danna le pateó la rodilla antes de salir corriendo por un costado. Por el ruido que escuchó detrás suyo creyó que se la desencajó. Eso le dio segundos de ventaja por sobre el hombre. Para su mala suerte, no consiguió hacerlo: una de sus piernas fue agarrada y por tal, cayó directo al piso, estrellándose contra las piedras del camino. Algunas quedaron incrustadas en sus palmas pero no le importó. Se arrastró e imitó el movimiento de una escalada, pie y mano, para darse impulso necesario.—Vas a morir antes de tiempo, cara bonita.En una cola improvisada al sostenerla del cabello, azotó la cabeza de la mujer contra las vías del tren dos veces, y después le dio la vuelta. De los brazos la imposibilitó a zarandearse y luchar por su vida. Como se dio cuenta que no era una mujer capaz de dejarse vencer, él terminó sobre ella, a horcajadas. Su peso no le hacía daño pero sí era notorio en comparación a la escueta figura femenina.—Es algo a lo que estoy acostumbrada, más si tengo que lidiar con tanta mierda como tú.Una cachetada rompió la calma del lugar, y el sonido viajó como un resorte impulsado por una sola maniobra. El escozor le picó tanto que dejó de lado la escena que estaba viviendo para desear poder sobarse la mejilla y dejar que esta estuviese tan caliente.—Acabemos con esto ahora.Abrió los ojos con la misma rapidez que este pronunció las últimas palabras. Intranquila ante la receta que vio como única salida a su disputa, la agente volvió a la carga con nuevos gestos de manos y piernas. Quería sacárselo de encima pero ya cansada como estaba, le fue imposible ponerse al mismo nivel que un ser humano que tenía en proporción, casi el triple más de fuerza.La frialdad de sus palabras a la hora de prometerle la muerte inmediata fue algo que la sacó de juicio. No alcanzó a replicar y más bien sus oraciones quedaron estancadas en un gemido que dejó de ser erótico y resultó más estremecedor que nunca. Algo fue enterrado en su abdomen, cada vez más profundo y doliente. No tardó en sentir que la zona estaba en un incendio. El metal le estaba quemando y como si no fuese poco, el individuo se dedicó a mover el artículo hacia los costados. Tortura. Así es como lo sintió.Descuartizador. Desequilibrio de la personalidad. Violador.. Eso fue lo que leyó en la carpeta investigativa del caso, entre otros trabajos más específicos.Con una de las manos evitó que el filo ingresara más en su cuerpo, uno que ya había perdido suficiente sangre, lo que significaba una sola cosa. Transfusión. Pasó por eso unos años atrás, cuando recién entró al bureau y tuvo una pequeña discusión con uno de los prófugos que detuvo. La otra, la que tenía menos fuerza y consideraba tonta, trazó un camino por todo el costado y lo que le permitía la flexibilidad del hombro y el brazo, para dar con el arma.No iba a ser una agente cobarde, de esas que veía todo perdido y empezaba a pedir por su familia y por ser perdonada si tenía pecados. Danna lucharía todo lo que debiese y más, pero lo haría. Porque así era ella. Una maldita kamikaze.Dejó que sus ojos permanecieran cerrados. Evitaba así el recuerdo de los ajenos y que por tal, los tuviese en su memoria el tiempo suficiente como para grabarlos. Buscaría venganza, por eso no quería hacer contacto visual. Podía ser muy bélica cuando se lo proponía.Con las uñas, que seguramente tenían tierra y granito más finos de piedra por debajo, pasó a llevar algo helado. Maldijo por su falta de cuidado. Era muy, —en extremo en ciertas instancias—, intensa. Repasó una vez más la zona hasta que uno de sus dedos calzó en el orificio de la boca de fuego, la sostuvo con anhelo. Dio por terminada su búsqueda solo para quitar el seguro y dispararle en el cuello. Sin dubitación. La sangre saltó por todos lados, en chorros, y el cuerpo yacía inerte sobre el suyo que ya estaba bañado con su propia dosis. Intentó quitarlo de encima, empujarlo hacia un costado pero no pudo. La herida se hizo más profunda y Danna no podía seguir evitando que le atravesara los músculos o algún órgano importante.Se sintió cansada, carente de fuerzas. Los párpados estaban tan pesados que no quiso volver a abrirlos en cada intento que tuvo. Se rindió pese a que uno de sus compañeros le alivianó el peso del pecho dejándole vía libre para respirar con más calma.—Hey, Costello...vas a estar bien.Fue lo último que escuchó antes de desmayarse. Pudo haber sido por la sangre perdida o por el dolor, jamás lo supo. Tampoco quería. Solo se dio cuenta de lo frágil que resultó para ella morir sin haberle hecho justicia a su madre, porque eso es lo que estaba haciendo en el FBI como principal misión.Buscaba responsables a un delito que quedó inconcluso años atrás. Danna tenía un nombre y podía jurar que estaba segura que era así, pero necesitaba las pruebas. Luego de eso ya vería lo que sucedería.El pitido constante de la máquina a un costado de su cama la hizo removerse y también los ojos, que parpadearon varias veces. Eso y el incontrolable hambre. Lo primero que vio al dejar ver sus ojos azules fue el techo blanco, cuadriculado, y una pared del mismo tono. En realidad todo estaba igual. Muy limpio. No necesitó preguntar dónde se encontraba. Danna era un imán para esos lugares. No solía ir muy seguido, pero las visitas se extendían por semanas. Siempre perdía sangre, cosa poco común incluso en su adolescencia pero que ahora era una gran constante en su vida. Sabía el protocolo de memoria, así que no se molestaba en entregar mucha información suya. La obtenían de una forma u otra gracias al bureau.Suspiró resignada. En la derecha, una aguja le atravesaba la piel y dejaba marcas a su paso, unas amoratadas y nada amables muestras de su invasión en el lugar. Quiso arrancarla con la mano contraria pero se resistió al ver una silueta cruzar la puerta. Todavía cansada, tendía a pestañear más de la cuenta.—Ha tenido mucha suerte, señorita Costello. —dijo la joven con tono entusiasta—. Tiene que mantenerse en reposo durante el resto de la madrugada hasta la tarde siguiente. —anotó algo en un papel aplastado contra un plástico con el logo del hospital—. Sigue teniendo mucha anestesia en su cuerpo, así que le recomiendo dormir un poco más.Entre movimientos borrosos, Danna pudo dar con el nombre de la chica. Victoria. Sonó bien en su mente pero a la hora de llamarla no pudo. Estaba muy concentrada viendo los números y traspasándolos de inmediato a sus anotaciones que ni siquiera la vio gesticular.—Tengo… —carraspeó. Quiso recuperar su voz pero no lo consiguió—. ...hambre. Necesito...comer...algo.Victoria se dio la vuelta para así verla a los ojos. Sonrisa extensa como una carretera, pestañas más largas y enfundadas en negro, y unos ojos cafés y simpáticos que entregaron su respuesta antes de siquiera escucharla hablar.—Por ahora solo podemos darle suero, agente. En un par de horas más será capaz de ingerir alimentos medianamente sólidos.Se refería a comida de hospital. Asquerosa y poco sabrosa, pero comida. Esto hizo que Danna bufara con suavidad. Por el cansancio o por la decepción, no lo supo.Al ver su reacción, la enfermera amplificó la mueca en sus labios. Seguro que acostumbraba a tratar con pacientes igual de desesperantes que la agente. No se lo iba a decir, claro está, pero en sus ojos pudo percibir ese aire de diversión.—En un par de horas vendré a revisar que todo esté en orden. Intente descansar. —recomendó por segunda vez. Después desapareció por la puerta.Rendida por la anestesia en su cuerpo, se quedó dormida. Por suerte no sintió el dolor punzante en su costado, ahí donde estuvo el cuchillo incrustado. Tampoco pensó en la muerte propiciada al homicida y las explicaciones que tendría que darle al bureau. Habrían investigaciones, interrogatorios, todo para probar que los protocolos habían sido seguidos como correspondía. Danna estaba segura de que así era, aunque de alguna extraña forma siempre conseguía estar en el ojo del huracán así hiciera las cosas bien. No importaba lo bien portada que pretendiese ser. Ahí estaban todos los ojos sobre ella.En unas cuantas horas la comida llegó. Comió por obligación. Más que nada por el doctor encargado de ver su herida quien advirtió que de no tener el estómago lleno no podría suministrarle más drogas para evitar el dolor. Sola, porque no quería que nadie de su familia o sus amigos en la Gran Manzana se enteraran, aceptó la propuesta. Pero agregó algo más a la oferta; tenían que dejarla salir esa misma noche. Después de tirar y aflojar, el médico firmó los papeles del alta. La agente sonrió agradecida.De algo le servía tener un rostro bonito. Un elemento de trabajo, como horas antes había sido descrita con tanta facilidad. Así fue que consiguió irse a casa. Y hasta conducir, porque no molestaría a Leonard a esa hora solo para dejarla en New Hampshire.
Capítulo 3. (flashback)Veintitrés años. Necesitaba tener veintitrés años para conseguir postular al FBI. Ni siquiera para entrar, sino que para ver si tenía oportunidad de ser llamada a las pruebas. Eso que estaba tan cerca, la verdad sobre la muerte de su madre, de pronto se convirtió en un imposible. Porque Danna no tenía ninguna posibilidad a la vista. No cumplía con el requisito más importante y eso la desanimó en grandes proporciones aunque no era una mujer que se rindiera a la primera de cambios. Deseaba entrar a como diese lugar y no permitiría que nadie la sacara del camino que había trazado con anterioridad. Así era ella; capaz de poner la cabeza fría, dejar a un lado las emociones y solo ver el esquema a seguir. Añoraba tener en sus manos una placa, un arma debidamente inscrita y la potestad de investigar en profundidad. Porque las que ella tenía, pistolas en su mayoría, eran más bien de colección y de disparo recreacional. Era una de sus cuantas pasiones, junto a la pintura.Cuando la fecha se acercaba, Danna se preparó para las pruebas físicas, —porque no pensó nunca en quedarse con las brazos cruzados. Modificó fecha de nacimiento y frente a eso el bureau no tuvo más opciones que permitirle acceder a estas—, con tanto corazón que los músculos parecieron a punto de desgarrarse por completo y abandonarla. Iba al gimnasio todos los días después del bar, que era su único trabajo de momento, y también por las mañanas donde sabía que habría menos gente. Nunca le gustaron las grandes concurrencias, sobre todo por llamar demasiado la atención, lo que no era difícil si se tenía en cuenta el impresionante color de sus ojos, su estatura y la figura contorneada que poseía. No existían tintas medias: era quedar o quedar, y ojalá en la primera instancia. Tenía a su favor las pruebas cognitivas, donde sin duda destacaba, y creía que en el ámbito de resistencia y velocidad podría desempeñarse bien.
Tenía todas sus fichas puestas en esa institución, porque era lo más cercano al caso de su madre, uno que en cualquier momento podría acariciar con las manos, leer de arriba hacia abajo. Por eso no permitiría que algo tan insignificante como su edad terminara por sacarla de juego sin antes haberse probado.
Dos semanas antes, justo cuando las postulaciones se abrieron al público, envió una solicitud. Tuvo que ir a dejarla al Federal Plaza 10278, lo que le emuló a un asunto muy importante. Puede que fuese para echarle un vistazo y así tener en cuenta cómo lucían los candidatos. Pero fue. Mantenía la esperanza viva de que las cosas salieran a la perfección. Tantas eran sus ganas, que no mostró problema alguno a la hora de sonreírle a la muchacha tras el mostrador después de preguntarle qué estaba haciendo ahí. Hasta pasó por alto la manera en que la escrutó de arriba hacia abajo dos veces porque la primera no se convenció de la imagen que tenía, para decirle con la mirada que no pertenecía ahí. Y puede que tuviera toda la razón en hacerlo.
El pantalón de jeans se ajustaba en las partes necesarias; cintura, caderas y muslos, seguido de unos tacones negros que hacían juego perfecto con una camiseta de pabilos de escote en V. El bolso de marca que quedó en el mesón tuvo que haber corroborado la minuciosa inspección que hizo. Depositó la carpeta sobre la mesa, justo para entregárselas a la mujer. Los anillos en sus dedos sugerían poder económico que notó y no pasó por alto. Sostuvo las hojas por el filo y detuvo su mirada en cada uno de ellos, sobre todo en el anular derecho. Ese era el anillo que su madre usaba, regalo de su padre en uno de sus tantos viajes a Estados Unidos.
Intuyó que la parte más complicada de todo el proceso era esperar. Y lo fue. Peor que una de las tantas pesadillas que solía tener. Sin un tiempo estipulado real para calmar su ansiedad, el correo que le llegó después para confirmar su inscripción no la hizo sentir mejor. Al final de este, deseaban suerte y que los aplicantes no se decepcionaran si no eran aceptados. Habrían nuevas postulaciones por ende la constancia era uno de los valores más importantes que una persona podría tener, más si deseaba convertirse en agente federal. Habían otras palabras como «paciencia » y «perseverancia ». Una de ellas no la tenía. Igual que tiempo.
Tan desesperada estaba, que comenzó a rayar los días en el calendario. Ponía su atención en los números tentativos de entrega, en las semanas transcurridas desde su visita. Pensó en vano que así los días correrían a su favor. Todo lo contrario. Las manecillas parecían haberse congelado con implacable desdén. Por suerte tenía el bar para mantener la cabeza ocupada o de lo contrario creería, con lo obsesiva que era, que un día terminaría acampando a las afueras del edificio. No conforme con eso, era una activa visitadora de la página web del FBI. Eso era por dos motivos; su ambición de ver su nombre y para informarse de los pasos que la agencia estaba llevando a cabo. Eso ayudó también a consumir horas de su inagotable necesidad de saber más y más.
Estaba segura que el bureau la aceptaría, que era un excelente elemento. Confiaba de sobra en sus capacidades. Eso era motivo de preocupación: expectativas.
Una tarde de otoño, donde las hojas tapaban la vereda con su color amarillento y café en manchones, y algunas otras secas y listas para pisar, se encontró con una carta en el suelo de la entrada de su casa justo antes de entrar. Su primera reacción fue fruncir el ceño y agacharse para ver de qué se trataba. Recogió el sobre por detrás así que no tenía la menor idea de qué contenía el papel blanco. Ni siquiera pensó en el FBI, lo que después le pareció lo más irónico y retorcido de la vida. Al ver el logo impreso en colores azules, su sorpresa fue inmediata. De haber sido una persona expresiva habría gritado y saltado de la felicidad, pero se contuvo. No perdió más tiempo y entró a su casa después de encontrar las llaves en tiempo récord.
Lanzó el bolso en el sillón más cerca después de pasar por el lado del improvisado separador, y tomó asiento al fondo, en uno de los taburetes de la amplia encimera. Su casa era inmensa, con concepto amplio y remodelado luego de volver a vivir a New York cuando cumplió la mayoría de edad. No fue necesario encender alguna luz, puesto que las ventanas posibilitaban la natural, aunque fuese poca debido a la época. Rasgó la protección y dejó el sobrante sobre el granito gris. Sacó el papel doblado en tres y la desdobló con agilidad. No tardó ni un minuto en leer el contenido que la dejó de una sola pieza. Por un momento creyó que la mano le temblaba pero logró aminorar la sensación de vacío.“ Estimada señorita Costello.
Esperando que se encuentre bien y que esta carta haya llegado en óptimas condiciones a sus manos, deseamos hacerle saber su desempeño en nuestras pruebas.
Como primera parte, le hacemos saber nuestro agradecimiento por confiar en la Oficina Federal de Investigación, y por creer en nosotros como una institución de confianza y como posible lugar de trabajo.
Después de una exhaustiva revisión de toda su ficha, incluyendo el desempeño físico y cognitivo, lamentamos hacerle saber que no puede pertenecer a la plantilla que corresponde a la de agentes. De todas formas, queda una invitación abierta para intentarlo el próximo año si así lo desea, sin ningún tipo de negativa o similar.
Muchas gracias, nuevamente, por comunicarse con nosotros.
Atentamente.Benjamin Moore.
Jefe del departamento del FBI en Manhattan. “
Capítulo 4. (flashback )No tuvo conciencia plena del tiempo que sostuvo la hoja entre sus dedos, los que no se movieron ni siquiera ante el calambre claro y notorio en los músculos. La impresión, por la que esperó con ansias y revuelo, indicaba que no estaba capacitada para trabajar como agente. Le cerraron una puerta en la cara, dándole en la punta de la nariz. Dolió más de lo que Danna podía asumir o sentir, puesto que el dictamen del especialista había sido claro. Una inquietante ráfaga de molestia la acorraló al punto de romper la hoja en pequeños pedacitos, los que dejó entre sus palmas sudorosas hasta que no le quedó más remedio que tirarlos al suelo. Eran excusas de mierda. Sí, nada más. Solo por no tener edad suficiente y haber mentido un poco. Eso no la iba a detener. No había esperado tantos años para crecer, volver y pertenecer al bureau.
Hizo lo que cualquier persona que perseguía sus sueños hubiese hecho, o eso fue lo que pensó para animarse a correr el riesgo. Tomó la pistola que estaba sobre la encimera que en un fugaz instante de lucidez le pareció pésima idea para tener a salvo, y la colocó al costado de su pantalón. Salió disparada hasta el auto, el que la llevó a varios kilómetros por hora hasta la oficina. El malnacido del señor Moore tendría que explicarle personalmente por qué la rechazaron. No sabía quién era, pero tenía que enfrentarlo.
Su ira era más grande que nunca, por ello su leve enceguecimiento hasta no ver la opción de aceptar y seguir con su vida. Condujo más rápido que nunca. Sus pies sintieron el dolor posterior en la planta.
La inmensa estructura la saludó con sorna, como diciéndole que nunca pondría los pies ahí, que no era su lugar. El color diplomático y profesional le pareció excesivo, pero le gustaba el ligero toque elegante que dejaba a la vista. Entró con seguridad. Una rápida inspección en el interior y unas cuantas preguntas a la joven y consternada recepcionista que se hallaba a unos cuantos pasos fueron suficientes para darle un rostro al motivo de su molestia.
Y parece que era su día de suerte. Justo estaba saliendo del ascensor cuando la mujer medio resignada y contemplativa, le indicó con el índice. Sin darle las gracias, Danna giró su cuerpo y se encaminó hacia la figura que avanzó con paso decidido hasta las puertas, las mismas por las que ella había ingresado minutos atrás. No iba a perder la oportunidad.
—¿Es usted el señor Moore?
Era obvio que sabía, pero quiso tener algo de tiempo a su favor. Así pudo divisar su cabellera medianamente grisácea, ojos cafés cansados y abatidos por la edad y el trabajo; la responsabilidad de tener a cargo a tantas personas y lo que conllevaba trabajar en el bureau. Más bien alto y con la espalda erguida, le hizo pensar si acaso no tenía dolores en la zona baja por las noches. Se le veía pacífico, nada comparado con lo que dibujó en su mente después de leer la carta.
—El mismo. —frunció el ceño con desconfianza. Lo vio en sus ojos—. ¿Y usted es?
—Danna Costello. —el tono duro de su voz se hizo notar por encima del ambiente—. Usted rechazó mi ingreso al FBI.
Abrió los ojos de par en par. Claro, ni él pudo disimular lo que pasó por su cabeza al momento de verla. Creía lo mismo que la mayoría. Ese porcentaje era el que le impedía demostrar sus capacidades.
—Hija, muchas personas quedan fuera.
Intentó avanzar, pero Danna volvió a cruzarse en su andar.
—Yo no soy muchas personas, señor Moore. —añadió con un claro deje de suficiencia. Podía notarse en sus azulados ojos la necesidad de ser escuchada.
—Todos se creen especiales, Danna.
—Yo no lo creo. Lo soy.
Intentó imposibilitar su paso hacia el exterior, pero no lo consiguió. Bufó hastiada, pero le siguió de todos modos. La calle volvió a envolverlos a ambos, lo que desesperó a la joven de cabellos castaños. Habían más posibilidades de que el señor Moore cortara la comunicación y siguiera con su día como si nada. Seguro rechazaba a mucha gente, lo que no debía significar mucho.
Tenía que hacer algo ahora. No se le ocurrió nada mejor, otra vez, y es que no pensaba para nada con la cabeza. Sacó su arma pero sin apuntarle. Él respondió de la misma forma, con su arma de servicio, pero quedó en la simple idea solo por ver que ella no tenía intenciones de herirle.
—Dígame cuál es el problema. —susurró con ímpetu, siempre mirándole.
—Eres muy joven, Danna. Impetuosa y aún incapaz de discernir. —puso las manos por delante como defensa.
—Usted no sabe si soy capaz de discernir. —dijo. Desvió la mirada y simplemente disparó.
Percibió la sorpresa en sus ojos cuando el vidrio se partió en pequeños trozos que cayeron sobre ellos como lluvia de invierno. El agente la sostuvo por la cintura para apartarla, protegiéndose ambos de pedazos filosos. Eran de varios tamaños, y algunos hasta se hicieron más pequeños contra el asfalto de la ciudad. Los ciudadanos que estaban cerca observaron en todas las direcciones posibles para saber de dónde provenía el disparo. Pronto se dieron cuenta que era una joven cerca de ellos la que sostenía el arma con fuerza. Ni siquiera se inmutó ante la reacción de terceros.
Después todos vieron hacia arriba. Uno de los últimos pisos del edificio tenía una diminuta falla simétrica. Faltaba un ventanal.
—¡Joder! ¿Estás demente? —descansó las manos en los delgados hombros de la chica y la zarandeó—. Eso fue…¡arriesgado e increíble! ¿Cómo hiciste para apuntar con esa precisión? Ni mis mejores agentes pueden hacerlo.
Si solo quería sorprenderle, lo consiguió, más no mostró señales de sentirse orgullosa. Era normal. El tono de voz del agente era urgente, ansioso. Entre molesto a más no poder pero también curioso, buscando respuestas a todas las dudas que parecía tener sobre la enigmática principiante.
Danna aprovechó el momento muerto para ponerle el seguro al arma y guardarla.
—Aprendí gracias a mi padre y a mi hermanastro. —apartó un mechón de cabello.
—Te enseñaron bien. —decretó con confianza—. Sonará ridículo pero…¿todavía estás interesada en pertenecer al bureau?
Los curiosos se dispersaron al ver que no se trataba de un atentado terrorista, algo que los estadounidenses solían tener en consideración a cada instante de su vida. Tampoco prevaleció el pánico porque ninguno de los otros agentes que salieron en cuanto la explosión sucedió la detuvo o hizo el intento; estaba con el jefe mayor, el que mandaba todo lo que sucedía en el interior. Y si no habían órdenes de su parte, significaba que todo estaba bien.
Su interés la hizo sentir importante. Y sonrió de manera escasa.
—Sí, es lo que más quiero. —no reveló sus intenciones de inmediato.
En cuanto el hombre le propuso unirse al FBI, Danna supo por qué. No todos los novatos eran tan experimentados como ella. Costaría mucho equilibrarlos para ir a campo sin haber terminado todo el proceso de guiamiento. Ella tenía la práctica pero le faltaban los fundamentos, las leyes y los procedimientos. Resultaba más fácil saltar a la teoría que ponerla a repetir actividades que de seguro conocía. En ese instante agradeció a los hombres de su familia por enseñarle tanto.
—¿Por algún motivo en especial? —Benjamin sintió interés en su misterioso hablar.
—Si lo conversamos en otra parte, quizás me dé tiempo para explicarle todo.
—Está bien. Vamos arriba.
Por dentro el lugar resultó ser todo un sueño. Un espacio amplio, miles de sillas y mesas donde los agentes trabajaban. Archivos y una zona para el café, todo lo que había visto en diferentes películas. Le encantó de inmediato y supo que si aceptaba las condiciones de Moore y él las suyas, alguno de esos escritorios terminaría siendo su lugar de trabajo. Siguió sus pasos de cerca hasta que empezó a subir los peldaños y terminaron en su oficina. En el trayecto pudo divisar varias personas, pero uno captó su atención. Ojos verdes esmeralda, brillantes y pendientes de ella. Le sonrió pero lo pasó por alto. No arruinaría su entrada por un lío de pantalones.
Cerró la puerta tras ellos cuando ingresaron. Benjamin la invitó a tomar asiento para después hacerlo él. Puso los codos sobre la mesa, inclinó el cuerpo hacia adelante. Su gesto denotaba profesionalismo y años de experiencia. No lo conocía pero algo de eso la ayudó a admirarlo con increíble rapidez.
—Ahora estamos en plena privacidad. La escucho.
Dirigió una absorbente mirada que para Danna no pasó desapercibida. Buscaba dar con las palabras justas para no comentar demasiado al respecto. Tomó un poco de aire y habló.
—Hace años que estoy tras el responsable de la muerte de mi madre. —eso pareció gustarle al hombre porque entreabrió la boca. No dijo nada así que continuó—. Y mi padre tiene...negocios en Italia que necesita mantener aquí.
Eso lo dejó más anonadado que antes. Danna no lo disfrutó mucho, puesto que esperaba una negativa clara. Ningún agente con su currículum se prestaría para algo así.
—¿Costello, dijiste? —miró a la joven, y esta asintió con solemnidad—. Puedo imaginarme lo que hace.
Evidente que sabría, pero ella igual quiso hacerse notar en la conversación. No era mucho de asentir y aceptar las cosas así como así, sino que le gustaba debatir hasta lo más nimio.
—Mi padre lava dinero. —su posible superior alzó la comisura de sus labios al oírla—. Si formo parte del FBI podría ayudarle a vivir tranquilo y a facilitarle las cosas.
Creyó que lo pertinente era ponerlo sobre la mesa con agilidad, sin mucho relleno. Su idea era que sonara pasable y normal, al punto que a Moore no le daría más remedio que aceptar. Al contrario de su idea perfecta, este plasmó su recelo y desconfianza. Pensó que la echaría a patadas del lugar. Una vez más, sorprendida, vio que se ajustó la corbata. Estaba de pie, pero fueron solo segundos porque de un momento a otro, estaba sentado sobre el filo de la mesa, con un pie en el suelo. Ella por su parte solo fue capaz de sostenerle la mirada. Parpadeó igual que siempre, a la espera de una respuesta.
Capítulo 5. (flashback)Agregó, o más bien balbuceó un poco más de la empresa que su padre tenía, de las cosas que necesitaba hacer por ellos para que no hubiese problemas con la justicia. Casi todo era metafórico porque en lo que se relacionaba a un delito como tal jamás se había podido comprobar, así que Danna más bien parecía que le estaba dando la clave para desbaratarlos y meterlos en la cárcel si es que el FBI podía usar su bendita jurisdicción.
—Supongo que sabes que ese es un delito muy grave, Danna. Si pone las manos en territorio americano podría ser detenido y procesado como cualquier persona.
Ya las tenía, de hecho.
—Lo que me interesa es que no lo detengan por lavado de dinero.
—¿Qué es lo que quieres, específicamente? ¿Que haga lo que desee y nosotros nos tapemos los ojos? —negó.
—Lo sé. —admitió de inmediato—. Protección para los miembros de mi familia y cierto albedrío a cambio de cerrar casos que todavía no se han podido resolver. Casos que tengan que ver con delitos de cuello blanco.
La oferta era más de lo que cualquier otro ser humano podría haberle ofrecido, pero pareció que eso no bastó para convencerlo del todo. Chasqueó la lengua con cierto descontento.
—Me lo pones complicado, Danna. Necesito personas apasionadas con su trabajo, que den incluso la vida si es necesario, necesito que estudies. Que sientas pasión por este lugar. Pasión real, quiero decir.
—No puedo prometer eso, señor Moore. No soy como los demás que están aquí. Soy distinta por el simple hecho de tener un móvil muy diferente que ellos. —encogió los hombros a modo de disculpa—. Pero sí puedo asegurar que voy a trabajar como agente. Y que me apasionaré por mi trabajo.
No comentó sobre su madre en profundidad. Benjamin notó la incomodidad a la hora de ser preguntada al respecto. No le quedó más que hacerlo ver como algo casual, esporádico. Consiguió engañarlo al usar un pretexto que a simple vista resultó más convincente y fundamentado.
—Espera un poco… —pareció que lo pensó mucho, una eternidad. Se colocó de pie y caminó hacia la puerta—. ¡Dean, ven aquí!
Se giró para observar la escena y ver lo que el hombre se disponía a hacer. Lo que se encontró la dejó sin aliento. Un hombre atractivo, alto y de tez más o menos bronceada fue quien levantó la vista. Sostenía unos papeles en las manos y permanecía inclinado sobre la mesa. Junto a otro agente que ni siquiera volteó a mirar, parecía muy interesado en lo que estaba impreso. Bastó la sonrisa de medio lado que le brindó para darse cuenta que era el mismo agente que la observó al llegar. Suponía que pertenecía al plantel de agentes, porque de otra forma no debería estar ahí.
El tal Dean dispuso una elaborada caminata por el pasillo y después en las escaleras hasta que ingresó en el espacio personal de Moore. Hombros erguidos y balanceo constante fueron las primeras cosas que notó. Mentón en alto y perfilado al igual que sus mejillas, labios levemente delgados pero al mismo tiempo con la suficiente carne como para poder ser mordidos. Se detuvo ahí y desvió la vista hacia otro lado donde tuviese menos tentaciones.
—Danna. —el señor Moore llamó su atención. Cerró la puerta—. Te presento a Dean Hawkins. Dean, ella es Danna Costello. Tu nueva compañera de labores.
Escuchó que trabajaría con él, pero no demostró una actitud ni positiva ni negativa. Solo observó al inmenso hombre que ofrecía una de las más sinceras y coquetas sonrisas que hubiese visto en mucho tiempo. Este parecía contento de tener una nueva compañera. No supo disimular el lento recorrido que hizo por su cuerpo. Por supuesto que ella fingió no darse cuenta. Le ofreció la mano, una que no rechazó. Ambas presionaron con fuerza, corto pero significativo apretón.
—Es un gusto, Danna. —habló con el grave tono de su voz.
—El gusto es todo mío, Dean. —reafirmó sin duda alguna.
En cuanto sus ojos estuvieron a la misma altura, —porque el agente recién llegado tuvo la amabilidad de agacharse un poco—, predijo que sería lo mejor que le pasaría en ese lugar. Después, volvió a ponerse derecho y en posición hacia el jefe. El jefe de Danna también. SU jefe.
—Los dejaré a solas unos minutos mientras salgo para arreglar unos asuntos. Dean, muéstrale a Danna las instalaciones y su espacio personal. Ya mañana tendrá tiempo para traer sus cosas. —avanzó hasta su escritorio y juntó unos papeles para guardarlos en un maletín—. Preocúpate también de empezar el papeleo para que le entreguen su chaqueta y la placa. Te confío eso para agilizar las cosas y que pueda trabajar lo antes posible. ¿Todo claro?
—Todo anotado, señor. —asintió con la cabeza.
Benjamin Moore lo miró embelesado. Seguro que Hawkins era de los agentes que no dejaban las cosas para último minuto. Eso le gustó.
—Perfecto. Danna…espero que disfrutes de tu estadía aquí y que te pongas al corriente de inmediato en tus labores. Dean puede mostrarte algunos casos que están cerrados para que empieces a familiarizarte con el papeleo.
—Sí, gracias por la oportunidad. —repuso la italoamericana—. No lo defraudaré.
La promesa era doble. Para el bureau y para su madre. No podía defraudar a nadie más.
—Oh, estoy seguro que no lo harás. —se despidió con un asentimiento de cabeza, caminó hasta la puerta y al momento de abrirla se giró—. Pídeles por favor a los de seguridad que se encarguen de retirar los vidrios en la entrada y de reponer la ventana que falta, por favor.
—Está bien, señor. ¿Pasó algo? —mantuvo las manos tras su espalda.
—Nada importante. —restó importancia. Danna no bajó la cabeza tampoco, lo que en el hombre causó más inquietud—. Preocúpate de que quede resuelto hoy.
Cuando se quedaron solos aprovecharon de conversar un poco más, de conocerse como su superior les había pedido. Ella consiguió estar relajada e imperturbable ante el atractivo de su compañero; él no tanto, y de seguro se imaginaba las escenas más eróticas junto a la castaña. En todo caso, tampoco hizo el intento de conseguir una cita o de hacerle ver sus intenciones. Danna le habló sobre donde vivía, lo que hacía antes de presentarse al FBI, el bar, y de sus estudios. Dijo que vivió en Nápoles desde los nueve años hasta la mayoría de edad, donde antes de regresar obtuvo su título en administración de empresas. Lo tenía sorprendido e incapaz de contener las muecas en su rostro.
Dean juntó las manos sobre los muslos con gesto reflexivo; los dedos estaban entrelazados pero no generaban presión. Imitó la misma pose de Moore sobre la mesa, de medio lado y con un pie casi en el suelo por si acaso. Quería preguntarle algo. No necesitó decirlo. Solo con el gesto de su boca lo dijo todo.
—¿Me dijiste que tu apellido era Costello?
Asintió. Supuso que Dean tenía una ligera idea, al menos sobre historia. Así que en vez de negarse o intentar hacerle creer que era simple alcance de nombre, Danna comenzó a relatar con pocos detalles o fechas, sobre su familia. Ya que trabajarían juntos, vio necesario ese nivel de confianza, una que no tendría con absolutamente nadie más dentro de la institución. Había intuido parte de lo que sucedería más no pudo ver la imagen completa, salvo que Dean era una persona de fiar y digna de mantener a su lado. Ya averiguaría el porqué meses después.
Acostumbrarse a las rutinas no fue tan complicado como esperaba que fuese. Tenía que levantarse temprano casi todos los días, a excepción de uno donde su trabajo empezaba a las nueve y media, con jornadas que danzaban desde las seis de la tarde hasta las siete y media. Eso dependía de si había trabajo pendiente, que en su mayoría no era así a menos que existiese un caso difícil de resolver. Las noches hasta la madrugada las pasaba en el bar atendiendo. No abandonaría su pasión por los tragos así nada más. Era justo que mantuviese su vida lo más normal posible incluso si no lo era. No se preocupaba por dormir mucho. Con unas cuatro o cinco horas podía batirse bien para el resto del día. Además que el piano y su copa de bourbon conseguían mantenerla despierta sin quejarse posteriormente. Solía tocar sin descanso, siempre inmersa en sus pensamientos del pasado. A veces pensaba que algo estaba pagando.
Respecto a sus compañeros de trabajo, los demás agentes, se mantuvieron algo reticentes en las primeras semanas. No la veían con buenos ojos, sobre todo porque Dean alardeaba de la suerte que tenía; no era machista, al contrario, siempre estaba recalcando las cosas buenas que esta hacía, como por ejemplo identificar a un sospechoso con tal solo ver un tatuaje. No fue suerte, por supuesto, pero sí un buen reconocimiento de los más buscados. Solo tenían que empezar a mirar las imágenes que ellos mismos creaban y poner atención. Nada más. El colmo fue cuando se le ocurrió lavar la asquerosa cafetera. Para ellos significó una pérdida de tiempo, el que pudo haber utilizado para investigar algún caso, pero ante los ojos de Danna fue una agradable forma de poder sentir que tenía control sobre algo, aunque fuese una estúpida jarra de vidrio con microorganismos viviendo en ella. Después, meses o años, pudieron verla como era realmente. Inteligente, astuta y buena agente. Era de las más cualificadas para salir a campo. Siempre con Dean, por supuesto, quien se convirtió en algo así como su mentor. Le enseñó todo.
La relación con su padre, entretanto, era excelente pese a sus diferencias. No cedía ante los pedidos de este para que volviese a Nápoles pero sí lo hacía cuando juntaba algunos días libres y decidía ir a su “hogar” para ver cómo estaban las cosas del otro lado del mundo. Sus hermanastros solían llamarla constantemente; Marie era más de videollamadas porque siempre le enseñaba nuevos diseños, ideas que se le ocurrían mientras estaba sola en su habitación, y Dante, seguía manteniendo los protocolos que solo se inventó por años. Con la única persona con la que no se llevaba bien era su insoportable y despiadada madrastra. Giordana era agotadora en todos los sentidos de la palabra. Ni siquiera porque era una niña pudo contener su rabia.
Día a día aprendió nuevas cosas, se empapó con la idea de ser una agente real. No quería que ninguno de los dos, Moore o Dean, creyeran que llevaba como insignia el capricho de saber sobre el asesino de su madre. O por su familia italiana.
Sería por las ganas de justicia, tal como su nombre indicaba en su significado.
Capítulo 6.Tomó asiento al lado de Dean sin percatarse de las reales intenciones de este. Solo pensó en lo aburrido del papeleo que tenían por delante y la molestia de tener que trabajar en la oficina. Aunque por ahora era mejor que estar en pleno invierno recorriendo las calles de la ciudad, eso tenía que admitirlo. Así también, su compañero gentilmente dejó una taza de café recién hecho, el que agradeció con solo un breve murmullo y una sonrisilla corta. Él podía, con el paso de los años, comprender lo que aquello significaba. Ayudó a su voluble estado de ánimo, que en la mayoría de las veces parecía inexistente y en otras donde predominaba alguna emoción, era más bien parecido a enojo. Seriedad, en realidad.
Como permanecía en sus profundos pensamientos, Dean pasó una mano por delante de su rostro. Se echó hacia atrás y del mismo modo, golpeó el dorso de su diestra. Odiaba cuando se tomaba esas libertades solo por trabajar juntos desde hace tiempo.
—No vuelvas a hacer eso. —ladró en tono recriminatorio.
—No hacías nada, Dannita. Pensé que te daría un ataque. —vociferó el mayor de los dos, junto a una carismática sonrisa de medio lado.
Quería arrancarla de un golpe, que no volviese a hacerlo si era de la mano de ella, pero se contuvo. Lo hizo para cabrearla y lo consiguió. No le daría más el gusto. Volvió la vista hacia la pantalla, donde comenzó a tipear. Era buena en esas cosas; transcribir archivos al computador y ordenarlos para hacer más fácil su búsqueda de ser necesario. Por eso estaba sentada justo en medio del escritorio, su escritorio, y Dean en una esquina.
—Se supone que me dictarías para terminar pronto, y ahí estás, esperando a que te salga el polvo de la semana. ¿No conoces otra forma de atraer a una mujer?
En efecto, Hawkins tenía reputación de mujeriego. En los casi seis años de trabajo en equipo, Danna le había conocido más mujeres que los dedos de las manos. Una sola tuvo la “suerte” de mantenerse sobre él por algo así como dos años. Una demente con todas las letras y quien al final salió despachada cuando su locura ya no se pudo ocultar más. Desde entonces, buscaba alguna inocente mujer que cayera en sus garras para así desquitar sus deseos sexuales. Por ella y otro medio millón de la población americana que todavía no lo conocía, es que hablaba así de él.
—No hay que perder la esperanza, ¿hm? —respondió. Los ojos estaban sobre la pantalla de su moderno teléfono, lo que a Danna le ofuscó más. Él lo notó porque apenas y levantó la mirada para ver el computador—. ¿Qué quieres que te diga?
Primero alzó una ceja, después entendió la pregunta. Un bolígrafo pendía de sus dedos mientras estos saltaban de letra en letra, así iba marcando del papel lo que ya estaba listo.
—La fecha, hora, dirección, números… —empezó a enumerar lo que recordaba de la hoja.
—Catorce de octubre de dos mil veinte. —guardó silencio por unos segundos mientras ella escribía—. Podríamos salir uno de estos días, ¿no te parece?
—¿A qué hora? —movió la cabeza hacia la derecha. Había un molesto dolor en su cuello que no la dejaba en paz.
—A las diez y media, quizás. Te invito a cenar.
—La hora del archivo, Dean. Concéntrate.
—Ah, a las catorce treinta. —cambió a un gesto más profesional por esa breve oración—. Es en serio, Danna. ¿Por qué mierda no quieres salir conmigo?
La italoamericana ocupó el tiempo de sobra para anotar las palabras. Recordó el testigo así que pasó de preguntarle a él. De los dos, era ella quien tenía todo el orden. Danna era la que presionaba por no tener asuntos pendientes antes de que terminara el mes. Si ahora tuvieron que quedarse encerrados junto a otros agentes fue solo por negligencia del atractivo hombre a su lado, que pronto había empezado a dejarle la responsabilidad a Danna.
—Porque somos compañeros de trabajo, Dean. Por eso. —explicó con sencillez—. Prácticamente te estoy poniendo en el mismo nivel que mi hermanastro.
—Imposible. Así es como nos quieres catalogar.
—¿Dirección?
—Estoy hablando en serio.
—Eres imposible. —tuvo que anotarla por su propia cuenta. Lo sabía, pero buscó una excusa para no tocar ese repetitivo tema de siempre.
Hasta que Dean le ocultó las hojas ella no lo miró, ni tampoco habló. Intentar mediar con un hombre tan testarudo como él no resolvería ninguna cosa. No era la primera vez que buscaba salir con ella, conquistarla y llevarla a la cama, pero la agente siempre tuvo en cuenta que una vez eso sucediese, complicaría todo entre ellos. Más que nada porque se veían todos los días, estaban en el mismo departamento y el señor Moore los había puesto juntos.
—¿Por qué te cuesta tanto hablar de las relaciones?
—Porque es lo que pretendes tener. Una relación.
Pareció ofuscado porque apenas y mantuvo la vista verdosa en las orbes ajenas. Suspiró, pasó una mano por la mejilla derecha y asintió.
—¿Y qué si no?
Mujeriego, pero romántico. Uno empedernido que intentaba a toda costa tener a las mujeres contentas, encantadas y a sus pies. Las conocía tan bien que cada gesto que propiciaba era una muestra casi de amor eterno. Por el contrario, ella no sentía necesidad de enamorarse. Jamás lo hizo, de hecho. Tampoco ansiaba ese momento. No era de esas mujeres y cada año lo comprobaba más. Con sus trabajos, placeres, familia y amigos era suficiente.
Supo que la conversación no terminaría solo ahí, por lo que disminuyó el paso de sus dedos por las teclas oscuras y plásticas hasta detenerse por completo. Sin moverlas de su lugar, pudo girarse hasta enfrentarlo.
—Eres un hombre más que atractivo, Dean. Lo sabes. —percibió el atisbo de una sonrisa por su parte a la hora de hacerlo evidente—. Si nos hubiésemos conocido en un bar o en una fiesta, ten por seguro que habríamos tenido sexo. Buen sexo. —negó de inmediato—. Más que buen sexo. Y mucho. —rectificó—. Pero, no necesito que ahora las cosas se compliquen también aquí. Trabajamos juntos, nos llevamos bien. ¿Por qué arruinar esto solo porque estás enceguecido con la idea de follar?
Habló en un tono de voz tan bajo que solo él podía escucharle. Sabía de los rumores que rondaban a su alrededor, donde Dean era quien pasaba las noches en su casa y no por el trabajo. En cierta medida tenía claro que era justo lo que él quería que sucediese, porque nunca negaba dichos mitos.
—Porque los dos nos vemos bien juntos. ¿No es acaso un buen motivo?
Danna puso los ojos en blanco.
—Se necesita más que verse bien con la otra persona, Dean.
—Sabes que estoy bromeando. —propició un corto empujón en su hombro—. Podemos seguir teniendo esta tensión sexual tanto como quieras. Sucederá, lo sé.
—No sucederá.
—Deberíamos apostar dinero. O algo más importante para ti.
Captó la indirecta con todas sus letras. Dean era bueno tanto en los asuntos directos como en los contrarios; solía tener ese método en el que el juego de su rostro, altura y físico podían conseguir cualquier cosa. Sobre todo si se trataba de mujeres. En el caso de enfrentarse con uno de sus pares, era la envidia y su grado como agente lo que promovía apartar las aguas y hacerse un espacio. Fuese como fuese, era un atributo más a la lista de “cualidades profesionales”. Para ella era un rostro bonito, pero nada del otro mundo.
Danna no alcanzó a responder, aunque en realidad no pensaba hacerlo. Benjamin apareció por el lado izquierdo de su escritorio. Su rostro lo dijo todo y reafirmó las sospechas cuando una palma bronceada y un anillo de matrimonio en el anular se instaló en medio de los papeles que les quedaba por transcribir. Ambos, al mismo tiempo, pusieron la atención en la silueta del hombre.
—Necesitamos refuerzos en Central Park.
Capítulo 7.Bastó con oír aquello para que un escalofrío descendiera en témpano por su espalda. Fue igual que la sensación de tener un hielo propagando su gélido aliento por cada poro de la piel hasta convertirla en notorios puntos a causa del frío. Ese lugar tenía historia para ella. Era de los recurrentes con su madre, de los pocos que seguía visitando por estar cerca de su trabajo como bartender. Lo poco que la ataba a la Gran Manzana.
Dean recobró la postura al ponerse de pie, mientras que ella permaneció en el mismo lugar de siempre. Se preocupó de guardar lo avanzado y después apagar el computador. No fue por querer alivianar la contaminación calórica o por miedo a perder lo poco que escribió por culpa de su compañero, sino que se traducía a mantener la cabeza tan ocupada como fuese para así no tener un colapso frente a ellos. Hace meses no se presentaba para un chequeo psicológico y aunque siempre lo pasaba como por arte de magia, también era cierto que su habilidad para esquivar y vencer empezaba a desgastarse.
—¿Qué es lo que pasa? —quiso saber con veloz movimiento de labios.
—Una banda escapaba, uno de sus delincuentes quedó atrapado y tomó como rehén a una mujer.
Nadie hacía los resúmenes tan escuetos como Moore. Se figuró que los datos no eran tan relevantes para compartirlos, pero aún así la agente quiso saber de lo que se trataba.
—Pueden llamar a la policía, ¿no? —fundamentó Dean, quien jamás se calentaba la cabeza por casos que no estuvieran dentro de lo que hacían a diario.
—Sería buena idea. —agregó Danna. Tampoco le interesó la idea de ir solo por eso—. No está dentro de los parámetros que consideraríamos delitos de cuello blanco.
División. Especialidad. No cualquier tipo de robo o delito menor. Para eso estaba la policía, para aquellas cosas que el FBI no podía hacer por falta de tiempo o simple interés. Además, Danna y Dean trataban con personas de gran estatus económico y social, porque no existía uso de la fuerza ni contacto físico. Todo se resumía a dinero y cómo moverlo para hacerlo crecer de maneras poco legales. Ilícitas. Lavado de dinero, malversación, tráfico de influencias, delincuencia organizada, y así. Una lista de varios delitos por los que muchos empresarios en Estados Unidos podrían ser detenidos.
La súbita respuesta de sus agentes no le gustó a Benjamin, quien pensaba irse antes a la reunión de a saber qué. Entornó sus ojos en la dirección de Danna, quien a su juicio era la que mandaba a la pareja.
—¿Y si eso implica que el delincuente que tiene la rehén está metido en el crimen organizado de obras de arte con gran valor económico y cultural?
Detalles. Todo se trataba de ello. Si hubiese preferido iluminarlos así antes de mandarlos a trabajar, la conversación habría terminado mucho antes.
—Suena a que tenemos un caso entre manos. —contestó el mayor.
Ella, supuso que era tiempo de levantarse y calzarse la chaqueta que permaneció sobre el respaldo de la silla mientras tanto. Las letras mayúsculas y chillonas en amarillo hacían evidente su posición dentro de la escala de seguridad, y le encantó usarla la primera vez. Todo el mundo se detenía a observarla en la calle. Igual que a una celebridad. Ahora era tan normal como cepillarse los dientes por la mañana.
Benjamin no esperó a que estos salieran del edificio. Dio por dado su discurso, entre comillas, motivacional, y se enfrentó al barullo de los demás agentes que a esa hora ocupaban su boca comiendo o conversando, jamás aprovechando el espacio libre para adelantar asuntos relacionados al bureau. Con esa última idea en la cabeza, ese bichito que siempre le decía que estaba trabajando horas extra por todos esos zánganos, caminó al lado del agente federal.
No existía mucha distancia entre ellos, apenas unos centímetros, pero que de todas formas se evidenciaban gracias al peinado hacia arriba de Dean. Este pasó el brazo por sobre su hombro. Ella se apartó al punto de que pareció que agua caliente le caía encima. Su adorable compañero, como él mismo se describía, sonrió de medio lado e ignoró su malestar. Se conocían tanto que hasta las bromas eran compartidas, aunque no disfrutadas por los dos.
En el automóvil camino a Central Park, fue Dean el encargado de armonizar el silencio que se creó después de subirse. Canturreó la mayoría de las canciones de la transmisora radial, —y las que no, porque eran más viejas que él—, y en cuanto intentó tener una conversación con la italoamericana, fue sin éxito. Ella miró al frente y se enfocó en el tráfico creciente a esa hora. Era común que el mayor de los dos jugara y bromeara sin importar el real motivo. A veces le hablaba de su familia, de los planes de su madre porque se retirara del FBI, que tuviese un trabajo apropiado para un hombre con apellido aristocrático. Danna le hallaba razón a la progenitora, y no temía en decírselo cada que el tema salía a la palestra. A viva voz exclamaba que le detestaba tenerlo al lado, aunque en el fuero íntimo donde nadie más que ella podía hurgar, sabía que Dean era parte de su equipo, su compañero y además, algo así como un buen amigo. Al contrario de este, Danna no contaba muchas cosas de los Costello, tampoco de su infancia. Suponía que no era un asunto importante; si no tenía que ver con algún caso, o con el bureau de plano, asuntos jurídicos y ese tipo de cosas, entonces era tiempo perdido.
Dean, de treinta y cinco años, era el mayor de dos hermanos e hijo de un reconocido político y su madre, una actriz de antaño retirada que ahora enseñaba a jóvenes aprendices en un pequeño estudio en Queens. Ninguno de los dos quiso seguir huellas ya pisadas, lo que la agente aplaudía porque hizo exactamente lo mismo con su padre. Pero los más grandes, experimentados y con conexiones importantes en sus respectivos rangos profesionales, no pensaron lo mismo. Sobre todo cuando él fue el puntapié inicial para que su hermano tuviese el coraje de imitarlo. Igualmente conseguían ser una familia unida y feliz, o eso era lo que no se cansaba de repetirle una y otra vez. Aunque no fue lo soñado para sus pequeños, porque siempre lo serían, el profesionalismo y reconocimiento que Hawkins obtenía como agente federal consiguió enorgullecerlos. Del otro hermano poco sabía, pero por hacer oídos sordos y cortar las conversaciones de raíz. Lo que sí, parecía que también estaba en una rama de inteligencia y seguridad nacional. Dos héroes en la misma familia. Único en su especie.
Justo su acompañante iba a mencionarle que bajara un poco la velocidad pero se calló cuando una melodía conocida sonó en los estruendosos y chillones parlantes del vehículo. Una sonrisa retorcida, entre jocosa y rayando en la seriedad se hicieron presentes en él. Ella, iba a cambiar la emisora para evitar el mal rato. Dean no la dejó y como si escucharla tanto en la grabación como en vivo no fuese ya una tortura, giró la perilla del volumen para aumentar su molestia.
En ese momento quiso estrellarse contra cualquier cosa que los hiciera detenerse. Solo ocurrió en su imaginación.
—No,no,no...déjala. Es tu canción. —Dean impidió que volviese a intentar evadir el momento.
Por suerte solo duraba unos pocos minutos. Dos minutos y cincuenta y cuatro segundos para ser exacta. De solo escuchar los primeros bajos, platillos y algún instrumento de aire esperaba que el tiempo pasara rápido. Cada vez que esto sucedía, fuese incluso acapella, Danna reconocía más instrumentos. No se trataba de la canción o del cantante. De hecho, Tom Jones era uno de los artistas que su madre amaba. Era la intención que Dean ponía a la hora de cantar. A veces creía que se estaba burlando de ella por sus...nada normales maneras de reaccionar ante sus claros coqueteos.
—Well, she’s all you’d ever want… she’s the kind I like to flaunt and take to dinner. —nunca le sorprendía lo entonado que era, menos que justo en esa parte comenzara a apuntarla—. But she always knows her place. She’s got style, she’s got grace. She’s a winner. She’s a lady...
Junto a los índices de ambas manos señalándola, se añadía un nada improvisado baile que consistía en mover la cadera. A la hora del “woah, woah, woah” movía la cabeza de un lado a otro con entusiasmo; hasta hacía creer que él había escrito la letra. Cualquier ignorante se lo habría creído, eso no lo dudaba. Después, para avergonzarla más, infería que existían probabilidades que entre ellos existiese algo. Sí, enfatizaba “mine” y la miraba con esos encantadores ojos claros y transparentes. La quería convencer de cualquier cosa que su nada inocente mente estuviera inventando. Y no se detenía hasta acabar con la estrafalaria interpretación que muchas veces los hacía quedar en ridículo, sobre todo si estaban en un semáforo. La gente los observaba entre horrorizados, embelesados y hasta enamorados, porque ambos eran perfectos, atractivos. Y si por separado llamaban la atención, entonces juntos eran simplemente dinamita. Nadie pensaría que eran agentes de la ley, ni menos que el hombre a su lado llegaría en cuestión de años a los cuarenta. Por suerte su jefe jamás había recibido alguna queja o el hombre habría pagado las consecuencias por sus desmedidas niñerías.
Después del impasse, Dean rió con gusto ante la cara de hastío total de su compañera. Como no le gustaba trabajar con la castaña en ese estado de frialdad extrema, le propuso hacer una competencia de canciones. Cambiaría la radio cada cierto tiempo y si había alguna canción sonando, tendrían que continuar la letra. El perdedor, se vería obligado a invitar al otro a beber. Contaba con que Danna perdiese para ir al bar una de sus noches libres, pero poniendo las cosas en perspectiva, la abrumadora mujer de ojos azules podía resultar ser una excelente competidora. Se tomaba en serio los desafíos, más si había alcohol de por medio. Aumentaba la apuesta. Ahí consumieron varios kilómetros entre temas de los ochenta, noventa y la época actual; cualquiera pensaría que por estar tras el volante Danna perdería concentración, pero en realidad se las apañó muy bien. Aún así fue el mayor el ganador por tan solo un punto. Una mísera canción la hizo quedar en el segundo lugar y era porque confundió una oración. Dean no tuvo compasión al reírse a destajo de su falta. La llamó ignorante musical.
—Estaciónate aquí. —puntualizó él cuando vio un espacio disponible.
Danna frenó justo antes de pasarse mucho, puso las luces intermitentes y retrocedió astuta y ágil. Años detrás del manubrio le enseñaron la seguridad suficiente para replicar cualquier película de Rápidos y Furiosos; su hermanastro, tuvo la culpa de inculcarle la pasión por las tuercas y los motores. Hasta el día de hoy estaba actualizada con las marcas más exclusivas, casi siempre deportivos, para añadir a su colección. Apagó el motor, quitó el juego de llaves que depositó en el índice derecho y salió a la fría mañana en New York. Dean se le unió después, cuando ambos pusieron el pie sobre la acera.
—¿Sabes a quién tenemos que buscar?
—Dudo que tengamos que hacerlo bajo las piedras.
Capítulo 8.Dean no comprendió la oración hasta segundos después. Un amplio operativo tanto de seguridad como de periodistas ya estaba en la entrada de Central Park. También curiosos rodeaban la verde frontera que dividía el gris de los edificios colindantes. Era un gran respiro de tanto cemento, tanta evolución a expensas de la naturaleza que todavía pretendía crecer tranquila entre la civilización. Así como vio la mueca en los labios de su compañero, también percibió la inquietud de estar con tanto público el día de hoy. Podrían ponerlos en peligro si hacían algo mal. La urgencia de su llegada era clasificada, pero sería algo incluso peor de cometer un error. Salvaguardar el bien común era una de sus misiones más importantes.
Ante los primeros pasos de la castaña hacia el lugar, Hawkins extendió la mano delante del cuerpo femenino, con todos los dedos alargados en diagonal. Tocó su vientre, el que se apretó más debido al contacto desprovisto de aviso. Danna necesitaba ser avisada de ese tipo de gestos, más cuando algo en ella se rehusaba a aceptarlos, a sentirlos.
—¿Qué? —fue todo lo que dijo. Molesta, entornó los ojos.
—Tenemos que conversar sobre lo que haremos… —empezó a decir Dean.
Negó. No una ni dos veces. Cuatro. Enfatizó su postura de no perder segundos que podrían jugarles en contra de no tomar decisiones ahora. Volvió a caminar, pero ahora fue la anatomía completa del hombre el que se le cruzó en el camino.
—Tiene una rehén, Danna. ¿Cómo mierda pretendes salirte con la tuya?
—Salirnos. Estamos trabajando juntos. —replicó la joven.
—A veces lo olvidas. Así como también que soy yo el que tiene la experiencia.
Lo notó molesto y por eso decidió suavizar el gesto y también su idea de querer mandar. Sabía que lo que decía era cierto y no existía manera de poder debatirle: era el agente más experimentado de los dos, por ende debería ser él quien tomase las decisiones importantes. Danna solo debía acatar y supervisar que todo saliese bien. Por otro lado eso era prácticamente imposible, y Dean no tenía más remedio que aprender a vivir con esta agente dueña de la verdad.
Lo intuyó, porque tan pronto como bajó la mano, Danna se dirigió hacia su compañero, con mirada imperiosa y llena de ganas de participar. Estaba decidida a permitirse el gusto de proponerle algo. Dean, consciente de ello, le dio el pase.
—No sabemos lo que sucederá más adelante. —ambos estuvieron de acuerdo con ello, sin embargo el hombre no veía factibilidad, y se lo hizo saber sin rechistar—. Lo que menos necesito ahora Danna, es que tengas un accidente o pongas en riesgo la vida de otros. Hace unas cuantas semanas estuviste en el hospital. —puntualizó. Se cruzó de brazos.
Ese gesto solo infería denotar una sola cosa; que no podría salirse con la suya. No podía dejar que decretara que sería así o definitivamente no habría nada más que hacer.
—Pero me recuperé muy bien. —bastaba con verla de pie y erguida como de costumbre para darse cuenta de eso—. En todo caso, no propondré nada que ponga en riesgo a más personas. —acercó su cuerpo al agente para así susurrarle en el oído—. Pero no dejaré que alguien quede con secuelas psicológicas tampoco.
Al fin de cuentas Danna sabía muy bien lo que eso significaba. Más que eso, debía vivir con los recuerdos de su infancia a cuestas desde hace años. Veintisiete años de carga sobre sus hombros, porque incluso antes de nacer ya traía una responsabilidad encima. A simple vista se le veía como una mujer normal, puede que más atractiva que el promedio, quizás inaccesible para los hombres más alentados a coquetear o antipática según lo que mujeres comentarían con otras, pero seguía siendo común si no se escarbaba demasiado. Pretendía que nadie llegara a eso, por eso esa manera tan impasible de comportarse. Y los que se atrevían a pasar la primera prueba, recorrerían el infierno para verla tal y como era. Hasta en ese último tramo es que se negaba a asumir la herencia bondadosa y preocupada de su madre.
Miró a Dean después de la íntima confesión que había generado entre ambos. No tuvo que argumentar más puesto que el agente, tan inteligente y arraigado en sus labores, interpretó a la perfección lo que ella quiso decir con el cuerpo. Mejor ejemplificación que esa no existía.
Así fue como ambos dieron comienzo al plan que los llevaría al éxito una vez más y que les permitiría tener las anheladas vacaciones de dos semanas, esas donde Danna aprovecharía para alejarse de la alocada vida a la que estaba acostumbrada. Había prometido a sus hermanastros visitarles, pasar más tiempo con ellos y dejarse querer, con esas palabras. Ellos estaban en el centro de su universo; penaba por la menor de los tres, puesto que lamentaba que tuviese una madre tan horrible como Giordana cuyos genes no fueron dominantes. Era lo único por lo que agradecía a Dios; su relación se había roto por completo en el momento de quedar huérfana. Dante era igual a su padre, caballero y forjado con elegancia italiana, siempre dispuesto a proteger a los suyos. También necesitaba verlo.
Sobre su plan, la italoamericana estipuló dos cosas trascendentales: actuar con la cabeza fría y dispararle de ser necesario. Como prometió, quiso poner a salvo a tantas personas como fuera posible y su coqueto compañero le ayudó en la tarea. Ambos trabajaban como uno solo y podían adivinar lo que el otro pensaba. Era lo más cercano a conexión que tendría con alguien. Dean se encargó de pedir refuerzos, los que tomarían pocos minutos en llegar pero que sin duda ayudarían a la causa. La policía comenzó a acordonar el área, impidiendo el paso a aquellos que pretendían dar un paseo. Buscaban excusas para poder cruzar de todas formas, inconscientes del riesgo al que se exponían. El problema era que Central Park tenía considerada grandes hectáreas de terreno, por lo que era imposible mantener a mucha gente afuera. Lo peor que podía sucederles era tener que perseguirlo entre verdosa naturaleza y perderlo de vista.
Eso le recordó lo arriesgada que fue años atrás al adentrarse a los vicios durante sus primeros meses en la ciudad. Era joven y quería independencia. Más que eso, sentirse en casa.
—¿Por dónde atacaremos, entonces? —la voz gruesa y seductora de Dean rompió la cadena de sus recuerdos.
A veces veía las escenas correr igual que en una película. No habían voces ni ruido, solo imágenes que creaban movimiento. Podía reconocer cada etapa de su vida, darle una edad, un lugar físico. En algunas oportunidades asemejaba estas con olores o canciones, pero prefería más las primeras porque siempre el exquisito aroma de la salsa de tomate de su nonna le activaba los sensores, o los dulces que comía con sus hermanastros a escondidas para que nadie les regañara. De su adolescencia también, aunque los perfumes fueron el elemento olfativo de sus rebeldes dieciséis.
Danna le miró de frente. Inventó una sonrisa temblorosa al no tener idea de si agregó algo más a la conversación o no. Apartó un mechón de cabello más corto de adelante hasta atraparlo con la oreja. Dudaría ahí un par de minutos más puesto que confiaba con poder hacer gala de su estado físico.
—Por suerte está casi en la entrada. —dudó un instante—. ¿Y si vamos por el lado oeste?
Él puso mala cara en cuanto las primeras palabras salieron como disculpa. Tan torpe fue su primera intromisión que no le quedó más remedio que encogerse de hombros y dar tres pasos hacia Central Park. Excusarse ya no servía de nada. Lo que había dicho era una soberana estupidez. Lejos de lo presupuestado, al final Hawkins ladeó una sonrisa burlesca y se calló, pero le siguió el andar con poca distancia.
Cuando dijo “entrada”, en realidad se refería a un largo trecho cementado. Más que largo era extenso; los árboles y el aire diferente, alejado de todo lo que la ciudad entregaba a sus residentes, permitía que el recorrido no fuese agotador ni aburrido. Hallarse ahí era magnífico pese a que la situación que tenían por delante no la dejaba estar amena como cuando venía con su madre a dar paseos los domingos. Un policía apenas la miró cuando presentó la placa federal; los ánimos entre ambos bandos nunca habían sido los más profesionales. Los agentes eran mejores que ellos y así, hasta llegar a los grandes escalones. En todo caso, suponía que esa enemistad generalizada era por las preconcepciones creadas por series de televisión o comedias. Donas, ineptitud, displicencia e ignorancia fue lo primero que se le vino a la cabeza. Más no era del todo cierto porque Danna conocía a varios colegas con una capacidad increíble de deducción y acción. El resto era solo ficción. Se vio forzada a agradecer el trabajo hecho, y pidió que las cosas siguieran así. No sonó a una petición real: fue una orden que hasta Dean se sintió en la necesidad de cumplir porque volvió a repetírselo al sujeto hasta que igual de obligado, aceptó sin derecho a réplica.
Los dos, porque en eso se basaban los equipos, indagaron con determinada inspección. Si la banda completa arrancó en dicha dirección nada les impedía seguir escondidos. Contaban con que fuese uno solo y no varios, porque el improvisado plan no sería más que un bosquejo en vez de una idea real. Dean la alentó mientras los pies eran los responsables de distinguir el camino, evitar piedras, papeles o excremento. Dijo que no podía resultar mal, si después de todos esos años no tuvieron problemas con el bureau ni menos con su trabajo. A excepción de la vez en que su ex novia apareció y creó todo un escándalo frente a sus compañeros, claro. Pero eso no fue culpa de ninguno. O si había alguien a quien echarle el muerto encima, era a él, pero por ser irresistible. Lo dijo textual. Ella deseó reírse a mandíbula batiente pero prefirió callar. Sus armas se convirtieron en un adorno visible ante los ojos de cualquiera que alertara su presencia, que también fomentó la confianza concisa y cementada en ellos durante años. Llevando el mismo paso, por fin cruzaron el primer tramo. Lo demás resultaba casi posible, breve.
Ojalá el problema hubiese sido falta de luz, porque entonces los puntos muertos habrían sido excelentes compañeros, aliados más que enemigos. Pero ahora, todas las sombras, movimientos y juegos del sol resultaron peligrosos. Los rayos enceguecían su vista y convino en que lo mejor que podrían hacer entonces, era atacar desde los extremos. Propuso al agente separarse, traspasar las barreras de cemento y entonces poder abarcar más terreno. Fue lo mejor que se le ocurrió y para quitar un poco de tensión, añadió a modo cizañoso, si es que era capaz de saltar o prefería quedarse sentado en la amplia variedad de asientos que el parque entregaba. No hubo respuesta del otro lado sobre su chiste.
—¿Pretendes que te deje andar por ahí sin saber a lo que te puedes enfrentar más adelante?
Argumentó Dean de vuelta. No comprendía cómo era posible que el mismo hombre que halagó su rápida incorporación al FBI, le enseñó todo lo necesario y se hizo responsable por ella, ahora tuviese esa mirada más parecida a la de su padre al intentar protegerla de algo que no había pedido en absoluto. Más que eso, le incomodó la audaz mirada de su compañero. Indagó en ella y supo en cosa de segundos lo que quería decirle. La negativa fue igual de rápida.
Capítulo 9.—Ni lo pienses, Dean Hawkins. —mantuvo su gélida mirada en la ajena, tanto que ni siquiera pestañeó. Hasta le apuntó con el índice—. Me he partido el culo en cada jodido caso. No me echaré atrás ahora.
—No estoy diciendo eso. —intentó mediar contra la ráfaga de furia que era Danna cuando algo se salía de su control—. Pero quizás no era tiempo de que aceptaras venir.
Anonadada por la repentina confesión del agente, se quedó muda. No supo el tiempo transcurrido desde ese momento, pero vio necesario hasta bajar la cabeza para así evitar encontrarse con esos ojos de cachorro que Dean ponía cada vez que metía la pata, —que sucedía en la mayor parte de sus interacciones—, y que creía funcionaba con ella. Lejos de sentir pena o ternura, le daban ganas de alivianar el cartucho del arma en él. El motivo para decírselo fue claro: todavía estaba media convaleciente, pero no por eso haría el trabajo a medias. ¿Cuándo algo la había detenido? Era más bien un insulto, y fue exactamente así como lo tomó.
—¿Me estás diciendo esto ahora, justo que estamos en medio de un caso? —se hicieron transparentes como el agua sus intenciones para responder. Lo retó a que le dijera otra cosa que terminase por jalar el gatillo de la granada—. Eres un imbécil con letras mayúsculas.
—Danna…
Dean trató en vano de llamar su atención. Para entonces la italoamericana ya había abandonado su campo de visión. Se removió incómodo, buscándola con la mirada. Sus ojos bailaron en tantas direcciones y en tan poco tiempo, que cedió ante el dolor de los nervios y presionó con dos dedos en los lagrimales. Activó un botón sensible en su compañera, su orgullo, y en el pasado las cosas no salieron nada bien como ahora veía. No pudo gritar su nombre para no poner en aviso a su presa, pero al poco andar dio con su agraciada figura pasando por sobre una muralla baja de cemento que conectaba hacia otro lado del parque. Apenas la vio, bajó los hombros con tranquilidad. Y resignación. No le quedó más alternativa que unírsele en cuanto sus pasos rompieron la distancia impuesta por la joven, y quedó a unos centímetros atrás.
—Tenemos que ir por aquí. —indicó sin mirarle—. Llegaremos más rápido.
—¿Dispararás? —la interrogó antes de pensar en caminar.
—Si no se entrega, por supuesto.
La frialdad de sus palabras habrían desarmado a cualquiera, menos a Dean. Había visto en tantas ocasiones a su hermosa compañera en ese estado que le parecía que la sangre era cotidiana para ella, costumbre, y que no le molestaba. Más que eso, algo en el secretismo de su vida lo atrapaba tanto al punto de no ser capaz de discernir si era solo un asunto profesional o tenía que ver con sus intenciones de conquistarla. Creía que era un mar de misterios por descubrir y que jamás conseguiría descifrarlos todos. Sobre todo en lo que se refería a su familia.
—Está bien. —resolvió con naturalidad. De todas formas era él quien tomaría la decisión final.
Más sencillo era callarse antes que pelear. Del modo que se viese era una ganancia redonda.
Danna dejó que el más alto la acompañara el resto del camino más no volvió a pronunciar palabra sobre lo sucedido. Tenía la cabeza puesta en su trabajo, en todo lo que acontecía a su alrededor. Por suerte las personas que seguían dentro estaban al tanto de su presencia porque de inmediato buscaron lugares donde esconderse, lo que agradeció. Sus pisadas se hicieron tan suaves que apenas se podía oír el roce de la suela de goma contra algunas hojas secas y crujientes; Dean, supo imitar cada uno de los movimientos ajenos, y como un compañero de trabajo a la altura de Costello, de reojo captó el objetivo.
Dos dedos y un gesto con la cabeza fueron indicadores para señalar la posición del hombre y la mujer encerrada entre unos agresivos brazos. La vieron nerviosa, asustada y con el maquillaje de los ojos corrido. Posiblemente tendría que asistir a algunas sesiones de terapia para apalear tan horrible situación, lo que generó en Danna una rabia incontenible. Frunció el ceño y tensó la mandíbula. Dean al verla, negó y puso una mano en su hombro para calmarla. Fue peor, pero al menos esta vez no le rugió de vuelta.
—No se acerquen más.
Una voz que quiso ser dominante rompió de golpe la supuesta calma de New York. En realidad fue un intento paupérrimo; su timbre era joven, adolescente, y se notó el nerviosismo de principiante, lo que ellos tomaron como un gran paso por delante. Fue lo que necesitaban para agarrar las riendas y perder el miedo. Ese pobre individuo sería incapaz de hacerle daño a alguien. Sus años en el bureau, los casos vistos y los perfiles investigados ayudaron a tomar la decisión.
Dean esperó unos pasos más atrás por si habían otros involucrados, y la agente empezó a romper el círculo de supuesta protección que el hombre, conocido después como James, pretendía con la mujer de rehén. No pudo faltar el contacto visual, uno que Danna puso a su favor; por supuesto que debía usar tantas herramientas posibles y si su mirada era una de ellas, bienvenida fue entre ellos.
Como no era buena verbalizando sus emociones, su mirada y rostro en general suponían el espejo que las cuerdas vocales no querían dejar a la vista. Y también, había aprendido a fingir y a ocultar, dos armas muy peligrosas si sabían usarse con inteligencia.
—No tienes dónde más ir. —respondió Danna, lista para apuntarle. Mantuvo el brazo abajo como muestra de no hacerlo todavía.
—Puedo matarla.
—No lo harás. —segura de lo que decía, negó—. Tienes miedo. Si eres un mínimo de inteligente, aceptarás nuestra propuesta.
El hombre, desconfiado, observó a Dean. El último no dudó en formar parte del íntimo grupo y tomar las riendas del asunto, gesto que la castaña agradeció con un paso al costado. James enarcó una ceja, dudó de sus propias acciones y como clara evasiva, presionó el cuello de su víctima un poco más. Ella, entreabrió la boca en busca de oxígeno, pero el tono rosado de su piel dictaminó que no estaba haciendo un buen trabajo. La situación se ponía más tensa y complicada pero lo ideal era no presionar mucho, lo que a simple vista no se podía definir con certeza.
—¿Qué propuesta? —habló por fin. Intimidado con la presencia de los dos agentes pensó que lo mejor que podía hacer era escuchar. Llegar a un acuerdo.
—Podemos negociar el tiempo que permanecerás en la cárcel, por ejemplo. —cuando vio que la vista del hombre pareció iluminarse, el agente obtuvo la llave para cerrar el acuerdo—. Pero para eso tendrás que darnos nombres, delitos y dejar ir a la víctima.
Puso ambas manos por delante, cauteloso y en una postura conciliadora que solo una calma de acero como la de Dean servía de salvavidas en estos casos. Admiraba ciertas partes de la personalidad de su compañero, y por supuesto que esa era una de ellas. Danna no pensaba mucho con la razón, sino que usaba el pretexto de ser tan apasionada que se saltaba la reflexión e iba de lleno a la acción. Por eso se necesitaban mutuamente, para hacer una sola cabeza pensante. Le gustó la propuesta del mayor. Aunque no pudo decir lo mismo de su enemigo del día. Así como quiso oír lo que tenían pensado para él, cerró las puertas a la inexistente negociación.
La tercera en discordia tendría que pagar las consecuencias. Apretó más fuerte, con más odio. El rostro bello y sonrosado pasó al rojo furioso en cuestión de segundos. Danna la vio luchar por su vida, por mantener el aire en su cuerpo, el que con tanta injusticia era arrancado de los pulmones de una inocente sin que ellos pudiesen hacer algo. Igual que años atrás su madre estuvo en las mismas circunstancias y nadie pudo ayudarla. Pero ahora era todo diferente, porque podía cambiar la cronología de los hechos. Iba a hacerlo.
—No aceptará delatar a sus compañeros, Dean. —giró su cuerpo hacia él—. No por fidelidad, sino que por miedo a las represalias. —explicó en vano; eso ya lo sabían—. Déjame dispararle.
Trivial. Así fue como sonó la petición de la italoamericana, quien empujada por el deseo de parar el sufrimiento de alguien más, la ira de ver el poder en las manos equivocadas y con la persona incorrecta, estaba dispuesta a pasar por una exhaustiva investigación si eso evitaba que algún hijo, quizás, debiese pasar por la pérdida de su madre.
Dean titubeó. Sabía muy bien lo que eso tendría que ver en sus antecedentes. No solo por ella, porque estaba escrito sobre hierro que iba a estar para Danna, que la apoyaría sin importar las consecuencias, sino que por él. Al ser el que llevaba más años en la institución podía comprender los riesgos de tomar una decisión así, y lo inescrupulosos que serían frente a los ojos de los demás agentes. Pero joder, ver la escena habría hecho que cualquiera tomase una opción desesperada y en ese momento, nítida. Todos tenían los mismos derechos, todos eran seres humanos, pero ver el miedo y la pérdida de vida en los ojos de la joven lo desarmaron por completo.
—Agente Costello, tiene orden de usar su arma de servicio de ser necesario.
Ella, indiferente al enorme esfuerzo que supuso dar la orden, no lo pensó dos veces. Daba la impresión de haber nacido con ese don para juzgar a los demás, para definir quién se merecía misericordia y quién no pasaba por su estricta moral, la que por supuesto no usaba cuando se trataba de sí misma. Danna no tomaba en cuenta el dicho: “con la vara que midas serás medido”. A la mierda con esas cosas. Era más interesante tentar al diablo y regirse con sus propias y estiradas reglas, las que siempre movía a su beneficio.
Acentuó más la pose, lista para disparar, pero también para entregar el discurso aprendido de memoria y dicho con las mismas pausas de siempre. Carecía ya de sentido en su mente, como cuando se repite una palabra muchas veces y parece no sonar bien, pero no resultó importante para ella. Ni para Dean, que ya tenía el arma en la misma dirección que la irreverente y joven agente.
—Suelte a la rehén o me veré en la obligación de hacer uso del arma, reducirlo y leerle sus derechos.
Una risa escapó de los labios de James. La estaba provocando, porque sabía que las personas como Danna perdían los estribos con facilidad. Y si la desquiciaba, probablemente cometería un error garrafal que le costaría la carrera a ambos agentes y a él, menos años en la cárcel.
Capítulo 10.Ella, tan altanera e inteligente, no cayó en los juegos infantiles del hombre. Sin embargo, alzó una castaña y delicada ceja en tono condescendiente. Ambos se retaron con interés desigual.
—A la mierda. No voy a mediar con un delincuente.
Disparó entonces. El ruido del arma se le hizo corto y veloz, igual que el impacto que recibió el sospechoso. No lo mató solo por el jodido papeleo y los interrogatorios, pero habiéndole dado en el hombro derecho permitió que la víctima se librase y pudiese escapar a un lugar seguro, el que encontró en Dean. Él la recibió con su cuerpo pero la mirada estaba tácita sobre la agente y en la escena final.
El hombre hincó una rodilla en el cemento y se inclinó entre gemidos de dolor e impotencia hasta que su anatomía no fue más que un garabato redondo en el suelo. Si Danna oyó los improperios que este le lanzó, pretendió no escucharlo. Habría pateado la ensangrentada extremidad como venganza y no se habría sentido mal, incluso si eso supusiera el regaño inmediato de su compañero. Con la dificultad del herido para poder arrancar, esperó a que Dean dejara a la muchacha con un policía que llegó a su encuentro y así poder cerrar el día de manera redonda.
Fue el mismo agente que ayudó al perpetrador del robo y casi secuestro a levantarse. Danna no quería mancharse el uniforme con sangre.
—¿Tú o yo? —increpó la mujer.
—Nunca lo pones fácil. —respondió Dean, quien además se decidió por una victoriosa sonrisa.
Su mano estaba en el antebrazo ajeno para proporcionarle sostén mientras tanto. La sangre brotaba de la tela que cubría la zona, regalo de la italoamericana, que era notoria a pesar del color oscuro de la misma.
—Los dos. —dictaminó ella con frugal entusiasmo.
Dean aceptó la invitación. Aclaró su garganta y rebuscó en el interior de su chaqueta el juego de esposas.
—Queda arrestado bajo la jurisdicción del FBI, bajo los delitos de robo e intento de secuestro. Tiene derecho a guardar silencio… —encerró una muñeca en medio del metal—. ...cualquier cosa que se diga puede ser usada en su contra. —segunda muñeca lista y ambas tras la espalda.
—Tiene derecho a contar con un abogado, y si no tiene, el tribunal le proporcionará uno. —finalizó Danna, quien mostró menos interés que antes.
Emprendieron un calmado andar hacia la salida del parque. Ella deseaba empujarlo e obligarlo a acelerar la marcha pero como también tenía derechos, lo principal era salvaguardar su salud. Por eso una ambulancia estaría esperando por ellos tres a la salida.
—Eres una hija de puta. —James escupió al suelo con asco. Ella rió como consecuencia inmediata—. Lo eres. Una hija de puta desquiciada.
Ahí captó el acento irlandés indiscutible, enfadado y potente que poseía el hombre. No le importó la despectiva manera en que se refirió o los intentos por zafarse de sus brazos, donde cada uno de los agentes afianzó los dedos para evitar una escapatoria innecesaria. Si James no corrió, fue porque sabía que la italoamericana era muy capaz de dispararle y dejarlo sin vida en el suelo.
—¿Qué opinas, Dean? —Danna conversó como si nada mientras arrastraban el pesado cuerpo con ellos.
—Que tiene toda la razón. —opinó sin pensar mucho—. Lo eres.
Danna pareció sopesar la idea, tanto que saboreó una a una las palabras, después en sílabas y finalmente el real significado que este tenía.
—Lo soy. —decretó con una calma desquiciante—. Aunque podría haberte matado y serías un problema menos para el sistema. Una celda menos que ocupar, menos dinero que gastar. —despreocupada es que habló de lo que pensaba, sin tapujos—. Pero aquí estoy, hija de puta y todo, manteniéndote con vida. Podrías darme las gracias.
Preparándose para el discurso, Dean comenzó a repetir lo que Danna decía. Mantenía las mismas pausas, acentos, gestos incluso. Eso no hizo más que molestar al que iba en medio de ambos, que selló sus labios durante todo el camino. Algunas personas les aplaudieron, pero ella no puso atención. El agente, sonrió por cortesía como la mayoría de las veces; se habían transformado en héroes ante los ojos de los demás y aunque fuese una recompensa moral, todavía debían enfrentar lo que se venía en el bureau.
Dejaron a James con tres paramédicos que le dieron los primeros auxilios a la herida abierta para evitar que se infectara. Esperaron unos minutos, necesitaban comprobar que no había peligro o algo comprometido. Después, todos los pasos para conseguir interrogarlo y procesarlo. Era una larga espera para la menor.
Dean, apoyó un hombro en el lateral de la ambulancia mientras tanto.
—¿Irás a Nápoles, entonces?
Sonaba a una pregunta retórica, puesto que eso no estaba en tela de juicio.
—Por supuesto que sí, cazzo.
—Pensé que no querías ir. —tentó a la suerte una vez más.
—Claro que quiero. No por mucho tiempo, pero iré.
—¿Me invitarás? —cuestionó el de ojos verdes.
—Imposible.
Eso podía tener miles de mensajes erróneos, tanto para él como para su padre. Lo único que quería es que alguna vez le contase que estaba enamorada o al menos en una relación. Sería ideal que la mayor de la familia ya pensara en casarse y formar una familia. Alessandro no consideraba eso como un imposible, incluso cuando Danna había sido muy directa a la hora de negarse a la idea.
Dean bufó y antes de dejarla sola, la escrutó una última vez.
—Espero que me traigas algo de tu viaje a Italia, Costello.
Capítulo 11.La mañana siguiente comenzó a las diez y media, después de darse una ducha y tomar desayuno. Esperanzada con poder salir antes de que Marie la llamase, apresuró su rutina mucho más. Quedaron en que hoy tendría tiempo para verse por Skype, lo que era igual a dos horas sin poder moverse ni tampoco ir al baño o comer. Por eso prefirió la noche, para poder cumplirle el capricho hasta verla quedarse dormida. Además, hoy tenía cosas más importantes que hacer y dejar listas antes de su viaje a Nápoles.
Con el día libre en el FBI, tomó las llaves del Ferrari azul eléctrico con intención de dirigirse al bar lo más rápido que pudiese. Todos los dólares en automóviles no eran otra cosa que demostrar los gastos que se podían hacer en la familia Costello sin que doliese el bolsillo, al igual que las joyas y la ropa, otra de sus grandes debilidades. Usaba un ajustado vestido color gris perla que parecía de lanilla y amoldaba a la perfección sus cualidades físicas. Las zapatillas blancas formaron parte del outfit que le permitió conducir con facilidad. El abrigo iba en el brazo donde también estaba el bolso negro, del mismo tono. Detrás del volante, con las palmas apretadas alrededor del cuero oscuro, condujo mientras la música anglosajona inundó sus oídos al punto de por primera vez en horas, no pensar en lo que sucedía a su alrededor. La velocidad era otro de sus elementos, donde mejor conseguía desenvolverse.
Vivir a las afueras de la ciudad le permitía la paz que en el centro no encontraba pero que de todas formas conseguía atraerla como un imán. New York tenía claras desventajas como la cantidad exuberante de población, la contaminación acústica y de los automóviles, las noches llenas de luces y vida nocturna, pero también resultaba ser el lugar donde las personas iban a conseguir sus sueños y a luchar por ellos. Para los residentes ese encanto vivía indómito e interior en cada uno de ellos, pero ya no causaba tanta exaltación. Con tanto movimiento de día y en las tardes, necesitaba tener un espacio relajado y sereno donde dejar sus pensamientos fluir con fuerza, fuese para bien o para mal. Toda alma alocada y rebelde necesitaba de un lugar donde recargar sus energías, y New Hampshire era el espacio de la mayor de los Costello.
Una sola vez, debido a cuestionamientos en base a sus noches de intoxicación y desmadre —drogas, alcohol y sexo con personas que jamás recordaría después, todo eso mucho antes de ser agente—, pensó en mudarse para así tener un comienzo desde cero y poder armar su vida. Tomar las riendas de ella con tal de que su padre no tuviese conocimiento de sus andanzas, y como conclusión, la obligara a regresar a Nápoles con él. La ciudad de las estrellas, Los Ángeles, fue el lugar donde puso intenciones. Tanto así fue su interés por abandonar y dejar atrás todo lo hecho en cuanto a negocios, que estuvo a prácticamente nada de firmar los papeles que eran pedidos para poder reglamentar tanto su nueva casa como el bar. Se arrepintió cuando se dio cuenta que no era una acción propia suya; Danna jamás abandonaría todo lo que había conseguido, el esfuerzo, la confianza de su padre a la hora de proporcionarle el dinero para empezar esa idea demente que tenía en la cabeza, ni menos la casa donde había crecido. No huiría, solo tendría que cambiar su vida en trescientos sesenta grados y volver a centrarse en lo que la llevó ahí. Lo consiguió, pero para eso tuvo que pasar por muchas sesiones de rehabilitación y exámenes psiquiátricos que avalaron su buena conducta y mejoría.
Estacionó el automóvil fuera del recinto casi media hora después de la salida. El tráfico imponente y los taxis metiéndose por todos lados para atrapar pasajeros fueron los responsables de esa pequeña demora. Con la misma intención de recuperar el tiempo perdido, corrió más que caminar, a trompicones por la vereda. Aprovechó de interponerse en el paso de algunas personas que la quedaron mirando mal. Apenas y balbuceó una disculpa por su imprudente actuar, pero es que si había algo que odiaba era llegar tarde. Tal fue su obsesiva idea en la cabeza, que con todo el frío que hacía ni siquiera frenó para ponerse el abrigo, el que perdería todo sentido en ese paseo matutino.
Abrió la puerta del Bella Delle, —nombre que puso en honor a su madre—, que estaba sin seguro ni cadenas. Alguien más ya estaba en el interior, lo que la hizo sonreír de medio lado. El bar era amplio con dos filas de mesas en la misma cantidad, ocho, y en medio cuatro para no congestionarlo demasiado. En el fondo y casi pegada a la muralla, una barra color caoba traída desde Italia, donde siete taburetes invitaban a los solitarios a compartir con la bartender. Por detrás, contaba con varios compartimentos en los cuales habían vasos, paños, servilletas, pocillos e instrumentos. A veces, también quedaban restos de sus dibujos en hojas y sobre estos, un lápiz grafito y una goma de borrar. Hacia la derecha, viendo desde la barra, la cocina donde los platillos más exquisitos salían para tentar a aquellos que no deseaban que el alcohol los tomase por sorpresa. Del otro lado, la oficina donde Danna apenas y pasaba tiempo, pero que servía para hacer negocios, recibir entregas importantes y dejar sus cosas. Siguiendo por el pasillo, una zona exclusiva para reuniones privadas y frente a esta, un cuadrado para la zona de fumadores. Tanto espacio parecía increíble para un bar, pero antes de eso, era el lugar donde Danielle impartía sus clases.
Cuando volvió a su lugar de origen, ya contaba con que su madre dejase una herencia para ella. La casa y el estudio de baile, las únicas posesiones que tenía y que quedaron en manos de su padre al no tener cómo contactarse con su familia materna. Esto la sorprendió tanto que fue incapaz de pensar que fuese algo normal, pero aceptó. Como no iba por el lado de las artes, quiso transformarlo en bar. Ya tenía conocimiento como bartender y su educación universitaria le permitía hacerse cargo de este. Antes de llegar a Estados Unidos lo tenía previsto, y Alessandro, tan encaprichado con darle en el gusto, puso todo de su parte para que su primogénita estuviese cómoda. Y surtió frutos porque en pocos meses pudo devolver a su padre todo el dinero invertido. Demostró responsabilidad y sentido de trabajo, lo que a los ojos de su padre era más de lo que podía pedir.
Buscó con la mirada en el interior hasta que halló a dos de sus trabajadoras. Samantha Walsh y Alice Myers, camareras desde hace años, casi los mismos que llevaba en el rubro. Ellas evitaban que constantemente perdiese la paciencia o deseara asesinar a algún cliente insatisfecho o molestoso; atendían las mesas mientras Danna fabricaba tragos cada vez más complejos tras la barra. Ayudaban en todo lo que podían y se habían transformado en parte del paisaje joven de aspecto que el Bella Delle inspiraba. Fue apenas un saludo con la mano pero con la promesa de remediarlo cuando regresara. Ahora, su primera e inmediata reacción fue alcanzar a Nick, el cocinero, tras la puerta con la ventanilla circular.
No quería dedicarse a la venta de alimentos, pero Marie y Dante lograron convencer a la testaruda hermanastra para que aceptase la idea. Lo esencial era despachar tablas, bocadillos y preparaciones sencillas. Hasta ahora, Nick jamás le había fallado.
¿Cómo conoció a Nick Crawford? En el momento en que buscó un cocinero. Se presentó ante ella, y muy convencido de que podría conseguir el empleo, la sedujo con su capacidad para equilibrar lo dulce y lo salado en un solo platillo de sushi. Se la ganó, cosa muy complicada de hacer. Desde entonces, llevaba trabajando a su lado los años suficientes como para haberle otorgado su confianza y las llaves del bar. Nunca le había fallado ni tampoco faltado al trabajo. Su humor contagioso y la sonrisa espléndida que transmitía provocaba que los peores días tuviesen algo de interesantes. Danna creía que en cualquier momento la abandonaría para poder seguir con sus estudios culinarios, pero Nick fiel a su agradecimiento por la oportunidad de demostrar sus habilidades, juró que de ser el caso, aunque lo dudaba, entonces se lo haría saber con anticipación. Tres años después de eso, las cosas seguían el mismo rumbo.
—Buonasera, bella Danna. —Nick abrió los brazos al verla entrar. Fingió un mejor italiano esta vez.
Cortaba unas verduras con tanto entusiasmo que le pareció que el abrazo era una cuestión poco importante. Verle trocear la coliflor, los pimientos y zanahorias se transformaba en un real placer, sobre todo por la elegancia que depositaba en los largos y estudiados movimientos con el cuchillo. Su herramienta de trabajo, en la zurda, le impidió seguir adelante con sus pasos. Arqueó una ceja mientras él, tomando su reacción con alegría, dejó el filo sobre la mesa, en la tabla de cortar. Se limpió las manos en el delantal color blanco que le cubría apenas un porcentaje de la ropa, listo para el reencuentro.
Atractivo, alto y de contextura delgada, con una barbilla cuadrada y de la misma edad que ella, veintisiete, habría sido el sueño erótico de cualquier mujer que pusiera los ojos en él, incluida ella. Pero su afán por siempre tener sus mundos separados lograba mantener una amistad que se le hacía extremadamente cómoda. Nick expresaba dos cosas con mucha claridad: juventud y serenidad, lo que no le restaba adultez y responsabilidad en los momentos apropiados. Alegre por naturaleza, entregado a su trabajo, leal a sus amigos y dueño de su vida. Un gran elemento dentro del bar, eso sin duda.
—Has tenido tiempo para practicar mientras no he estado… —dejó un beso en su mejilla cuando él la sostuvo por la cintura.
—Un poco. Mientras cocino voy repitiendo palabras… —movió la cabeza de un lado a otro al separarse.
Danna asintió con solemnidad. Los tres hacían un maravilloso trabajo y ella jamás podría agradecerles la labor y el tiempo invertido ahí, en lo que se hacía transformado en un sueño y terminó siendo una realidad. Avanzó unos cuantos pasos hacia la cocina, donde buscó con interés algo para comer. Su desayuno había sido hace apenas una hora y cuarto como mucho, pero el hambre hacía mella en cada músculo de su cuerpo. Supuso que se debía a la ansiedad constante en la que vivía y a la que no quería ponerle freno por medio de pastillas. Eso solo la aletargaría más y no era propio de una agente estar bajo la influencia de medicamentos tan fuertes como esos. Cuando por fin encontró una naranja, enterró sus dedos para así quitarle la piel. Nick la entretuvo mientras con preguntas relevantes a lo que sucedería para su cumpleaños, —faltaban al menos siete meses más pero desde ya comenzaba con los planes para conseguir tener todo en orden—, y de cómo estaban sus hermanastros. Contuvo la mitad de los improperios al no poder pelar la naranja en lo que a media voz respondía. Al final, Nick extendió la palma de su diestra y facilitó la tarea.
—Paciencia, Danna. —dijo. Sostuvo la fruta en el aire cuando Danna se la lanzó.
Limpió el cuchillo y se preocupó de quitar toda la piel de la circunferencia. Era tan talentoso que consiguió quitarla en una sola hilera que colgaba más y más. Sorprendida por la rapidez, sonrió y agradeció el gesto de su compañero.
—Seguro que aprendes más rápido y con versatilidad si empezaras a hacer frases más largas.
Aunque sabía que vendrían las preguntas relacionadas a cómo había aprendido ella, —porque no era la primera vez que Nick pretendía aprender el idioma—, no quiso recordar su infancia y el desagradable encuentro que tuvo con un lenguaje totalmente diferente del que conoció durante años.
—Cuento con que me corrijas. —comentó, alzando sus cejas. Tomó un pocillo donde dejó los gajos—. Listo.
—Grazie mille, caro. —sostuvo la porcelana con una mano—. Cuenta con ello. —mantuvo la mirada sobre el anaranjado por un breve instante—. ¿Qué me cuentas?
—Bueno…no me quejo mucho. O creo que es mejor no hacerlo.
Enarcó una ceja en cuanto Nick dejó de responder. Se quedó esperando por más pero lo único que obtuvo fue unas manos por delante y una negación de cabeza. Vio la preocupación en los castaños ajenos, lo que le gustó menos. Ella mordisqueó un gajo, indiferente de que el líquido saltó hacia todos lados pero no en su boca, porque prefería mil veces quedarse callada y hasta morderse la lengua que comenzar con sus interrogatorios. Se llevaban muy bien, pero no dejaría a Leonard en segundo plano, y eso era justo lo que inquietaba su interior: algo no le estaba contando y probablemente tenía que ver con la manera en que Danna lo tomaría, lo que de pronto lo puso al mismo nivel de su mejor amigo.
—Estuve pensando en seguir especializándome.
—Eso… —disimuló la repentina decepción que esto provocó en ella—. ...suena bien, Nick. Era una de las cosas que deseabas hacer, ¿no?
Como no vio seguridad en su mirada, Danna se sintió relajada. Egoísta y contenta porque no buscaría a alguien que lo reemplazara mientras tanto. Seguramente eran meses o años, todo dependiendo del curso que quisiera tomar. Nick movió la cabeza en varias oleadas para orientar a la italoamericana con su respuesta. Sí, claro que estaba en sus planes.
—No quiero que pienses que te estoy dejando, Danna. —fue lo primero que el hombre dijo.
Ella sonrió. Claro que no lo estaba haciendo, no con permanencia. No le quedó más que alegrarse por él, hacerlo de corazón.
Capítulo 12.—Sé que no lo haces. —comió otra naranja—. Sabes que tu trabajo seguirá estando aquí cuando regreses.
—¿Regresar? —Nick dejó una mano en el borde de la mesa—. Tomaré clases por las mañanas. Temprano, para poder venir aquí y trabajar como cualquier día normal.
Esa idea le gustó, y la sonrisa fue más extensa y notoria. Nick lo notó, y también respondió con alegría.
—No quería buscar a otra persona. —confesó al cabo de unos segundos de silencio.
Rieron a destajo. Cuando terminó la naranja depositó el pocillo en el interior del fregadero industrial.
—Sé que no. —convino con suavidad—. Y yo tampoco quería irme.
—Gracias, Nick. —Danna llamó su atención cuando él decidió seguir con lo suyo.
—Prego. —mostró sus dientes blancos a la hora de responder.
Las relaciones laborales siempre fueron complicadas para la mayor de los Costello. Acostumbrada a vérselas por su cuenta, tomar las decisiones por ser primogénita y también por su poca conexión con Italia, prefería el trabajo individual al del equipo. Pero cuando contrató a esos tres, su vida cambió drásticamente. Gracias a ellos es que Danna estuvo lista para tener a Dean como compañero. De otra forma, su convivencia habría sido deplorable.
Sus intenciones de lavarse las manos se le pusieron en la cabeza con tanta intensidad que se vio forzada a volver al fregadero, abrir la llave y tallarse los dedos hasta sentir que el olor a naranja había desaparecido. No dejó de darle vueltas a lo conversado con Nick. Debía darle la oportunidad de irse a otro país, empaparse de otras culturas y crecer; era joven y le quedaban muchos años de trabajo por delante, sin embargo ella prefirió ceñirse a sus palabras y a la comodidad que era tenerlo cerca, y como si eso no fuese poco, hacerlo saber para comprometerlo a permanecer ahí, con ella. Todavía tenía tiempo de arrepentirse, de obligarlo a tomar un vuelo hacia París o donde mierda quisiera. No alcanzó porque el cocinero se le adelantó.
—Me gustaría tener las agallas que tú tuviste para venir aquí y hacer tu propia vida.
Nick lo soltó igual que si lo que dijera fuese realidad, como si lo sintiese en el fondo de su corazón. Danna, por otro lado, no pensaba en su llegada a Estados Unidos como una forma de independizarse. Eso lo hizo con el tiempo, cuando vio que era factible hacer lo que amaba y además, subsistir por su cuenta. Para ella, todo se trataba de la cobardía y el poco aguante, una debilidad que le azotaba la cabeza, el sabor amargo que quedaba después de vomitar. Quería escapar, olvidar. Consiguió uno y el otro se transformó en su cárcel personal. Por eso apenas fue capaz de ladear la sonrisa en sus labios, gastada y privada de sentimientos reales.
—Incluso las personas que solamente actuamos tenemos que hacernos cargo de nuestras decisiones, Nick. —golpeó su espalda tres veces antes de caminar para rehuir su mirada—. Podríamos comer sushi…en media hora más, por favor.
Salió empujando la puerta batiente. Así evitó adentrarse mucho en asuntos a los que no quería regresar. Nick no podía comprender el nivel de ansiedad que hablar sobre eso significaba, y por suerte tampoco quiso increparlo y responder de mala forma. En la barra se encontró con las chicas, cuya relación entre ellas parecía más de hermanas que simples compañeras de trabajo. Se apoyaban, cuidaban y aconsejaban con esmero y cariño que muchas familias envidiarían. Hasta ella, porque en lo que tenía que ver con las del mismo género, no conseguía hacer relaciones muy fuertes.
Samantha y Alice comenzaron trabajando para suplir sus gastos personales y aportar algo en casa. Después, se transformó en una buena fuente de ingresos para costear la universidad. En las cuatro paredes que les envolvían habían tantas aventuras, alegrías y que habría sido imposible darle veracidad plena a cada una de ellas, sin importar qué tan buen escritor, poeta y conversador se fuese. Por eso Danna contaba plenamente con cada uno de ellos, y los quería, muy a su manera. Pero los quería y eso era lo único que importaba destacar.
Samantha era la mayor de cuatro hermanos y sus padres estaban lo suficientemente preocupados con la escolaridad de ellos por ser los menores como para echarse encima gastos universitarios. Trabajaba todos los días para regresar al semestre siguiente y así hasta que lograse terminar. Su meta era ser abogada y ayudar a las personas que no tenían los recursos necesarios para pagar los altos honorarios de los profesionales que defendían causas importantes. De vez en cuando, su mejor amigo se aparecía por el bar para dejarle algunos libros y ayudarle con las materias que cursaba. Muchas veces Danna quiso ayudarle a pagar, pero las negativas eran monumentales. Una vez la amenazó con irse del bar de ella hacer algo al respecto. Admiraba esa perseverancia y orgullo mezclado con dignidad, pero verla esforzarse tanto y ella pudiendo ayudar, era más que motivo de conversar en las noches que cenaba con Leonard.
Alice era un caso particular. De Inglaterra a Estados Unidos, revolución de cultura y diferencias que ahora la hacían parecer más estadounidense que su jefa. De familia aristocrática pero nunca apoyada por ella en uno de sus grandes sueños, la música, encontró su espacio en el bar. Era una cantante increíble, que siempre buscaba su gran oportunidad, —o un golpe de suerte, como comentaba en tono de broma cada que le iba mal—, y también asistiendo a sus clases de artes dramáticas. Anhelaba ser una reconocida cantante, lo que Danna creía muy posible. Muchas noches contaba con ella en el bar para amenizar la velada y atraer nuevos clientes cautivados por la sensualidad e inocencia de la joven. Jamás se cansaría de asistir a castings, para lo que Danna siempre le daba permiso si se trataba de la tarde.
—Tendríamos que estar abriendo en una hora y media, más o menos, Danna.
Fue el aviso que necesitaba por parte de una de ellas para pasar tras la barra y ponerse a trabajar. Hizo una seña a las jóvenes y de inmediato les comentó lo que debían hacer. Tomaron asiento y prestaron atención a cada uno de los requerimientos de la italoamericana. Así avanzarían más rápido y ella podría supervisar al mismo tiempo. Aceptaron el desafío, más cuando mencionó que después tendrían un descanso para comer.
Alice tenía el cabello rubio y corto, y unos impresionantes ojos celestes que aumentaban mucho más su belleza. Delgada y con la misma estatura de Danna, solía usar ropa holgada y juvenil. Samantha, de cabello rojo intenso natural y flequillo ladeado, le daba un toque rockero y despreocupado que contrarrestaba con las suaves expresiones y verdosos ojos. Un poco más baja, no perdía encanto ya fuese con tacones o zapatillas.
—Sí, por eso quiero el inventario primero. Luego comeremos y con un poco de suerte podremos descansar antes de atender.
—Siempre tan ordenada, Dannita. —Alice mostró una sonrisa alegre y aplaudió.
—Es lo que hay cuando trabajas cuidando a la Nación. —guiñó un ojo, entre risas.
El inventario resultó ser la parte más fácil de todo aunque no por ello dejó de ser tedioso. La música alegró sus sentidos mientras Danna iba revisando una a una las botellas; cuando no podía ver el contenido restante las agitaba en el aire, dejaba a un costado cuando no servían ni para preparar un mísero trago. Alice anotaba y Samantha organizaba todo sobre la barra para no tener que demorar más de la cuenta. Excel se transformó en su mejor amigo. Añadieron las cantidades y voila. Les quedaba solo preocuparse por las pulpas de fruta para los jugos, el agua mineral y las bebidas gaseosas. A Danna casi se le olvidó reponer la cristalería, pero por suerte también formó parte de la interminable lista de productos para recibir en unos días más.
La pelirroja era todo risas y bromas al contar que tendría una cita con un compañero de universidad y a quien conoció en una fiesta. No hizo referencias a su aspecto físico lo que a la italoamericana le pareció extraño: solo dijo que era un Adonis sacado de película. Lo más cliché que Danna había oído. Alice, optando por tener el papel de hermana celosa, exigió que se lo presentara para darle el visto bueno. En eso ella estuvo de acuerdo. No dejaría que alguien le hiciera daño a una persona tan buena y amable como era Samantha. Más que eso, inocente. Seguro que no dudaba de ninguna persona que estuviese a su lado, pero la agente siempre veía malas intenciones en casi todo el mundo, por lo que era normal sospechar que esa relación no duraría mucho. No lo dijo, pero lo pensó y en mucha extensión. Nadie lo notó. Nunca nadie notaba cuando Danna pensaba en demasía las cosas.
Capítulo 13.Cuando por fin la barra quedó libre de cristales, Nick apareció con dos tablas de madera repletas de comida. Cuarenta piezas de sushi en total, que fueron acompañados por bebidas para los cuatro. Conversaron, se rieron y descansaron antes de dar por abierto el bar. Todos mostraban huellas de su cansancio, pero inevitablemente cedieron ante los mandatos de Danna. Tenía que dejar instrucciones mientras no estuviese.
Samantha se encargó de abrir la puerta. Eso despertaba el interés de los clientes en cuestión de minutos lo que tenía como consecuencia que trabajasen como verdaderos animales. Por eso fue hasta su oficina para enviarle un mensaje a Marie; prometía tener tiempo para ella en la noche, cuando regresara del trabajo. Ahí podrían conversar todo lo que quisieran y como Danna no solía dormir hasta entrada la madrugada, le pareció lo más sensato de hacer. Revisó uno a uno los mensajes anteriores que tenía, varios de ellos amenazas respecto a no cumplir su promesa. Sonrió y volvió a bloquear la pantalla. Ahora debía concentrarse en las horas que quedaban por delante. Echó el teléfono en el bolso. Sin distracciones.
Habían días en los que no podían regresar a casa hasta las cinco de la mañana, lo que pasaba cuando los borrachos que no terminaban de beber nunca no querían irse. Casi siempre era a causa de una relación fallida, problemas en el matrimonio o frustraciones laborales. Llamar al taxi o esperar a que alguien llegara a buscarlos se transformaba en su labor secundaria.
Tras ponerse en su lugar de trabajo, aprovechó la falta de visitantes para servirse una copa de bourbon, su trago favorito entre todas las variedades que pudiesen existir en el mundo. Necesitaba relajar la tensión creciente por todo el papeleo en el FBI y por las declaraciones que debieron entregar con Dean sobre lo ocurrido en Central Park. El alcohol recorrió su garganta, ardiente y picante, y creyó que así expiaba las malas acciones que había cometido, para hacerla sentir mejor. La sensación no fue permanente, lo que lamentó con una mueca de decepción en sus labios. Su relación con el alcohol no siempre fue así de amena ni tampoco reducida a escasos momentos. Pasó por el real descontrol y desconocimiento de su cuerpo, a perder la consciencia y no tener idea de dónde estaba al día siguiente. No le bastaba, —ni siquiera en la actualidad—, con dos vasos. Mientras más ebria estaba, más podía soportar todo el abanico que se desplegaba ante sus ojos, partiendo por la muerte de su madre y los recuerdos infantiles. Una alcohólica con tendencias no suicidas, pero si de destrucción. Hacia ella y las personas que la rodeaban.
La primera pareja que ingresó al bar, pidió una tabla de quesos y dos tragos; la mujer, una esbelta y coqueta morena de ojos cafés como el caramelo se hizo con un black moon, —fue su favorito por el nombre y no por lo que tenía de ingredientes, sin saber que por el whisky le terminaría doliendo cabeza como el mismo infierno—, y él, un hombre que bordeaba los treinta años, sonrisa de mujeriego y ojos angelicales, un black velvet con hielo. Danna no era partidaria de usar hielo. Su técnica era enfriar un poco el vaso y la botella, pero jamás echarlo de frentón. Conversar y reírse podían hacer que el tiempo pasara muy rápido y que al final, el trago perdiese su valor etílico. Quiso asesinarlo; cortarlo en rodajas que sirviesen de adorno en la presentación de su chica, pero Alice, captó lo que pasaba por la cabeza de la mujer y pidió paciencia. Prefirió concentrarse en demorar lo menos posible para que así su partida fuese igual de rápida.
Movió su cuerpo de un lado a otro para recoger las botellas de whisky, la piña colada y el licor de frutillas. No tuvo más opción que volver por el espumante individual bajo la atenta mirada de los curiosos comensales, quienes extrañamente no coquetearon o se sometieron a una larga conversación para acortar la espera. Por otro lado, Nick debía estar preparando la tabla; se lo imaginó cortando y poniendo cada objeto con sumo cuidado. Era detallista y le encantaba presentar todo con debido arte. Hasta daba pena desarmar los deslumbrantes adornos que hacía. Danna ya tenía amplio conocimiento de medidas y porcentajes, y su buena madera para las matemáticas solo solucionó un poco más las cosas en su vida.
—¿Necesitas ayuda? —Samantha apareció frente a ella.
—Whisky. Piña Colada. Licor de frutilla. Veinticinco. Veinticinco. Cincuenta. Cuatro hielos normales.
Danna habló medio distraída. Agitaba las manos de un lado a otro al seleccionar qué haría primero. Todos los números pronunciados eran porcentajes: cada alcohol nombrado tenía una medida específica a mantener. Primero fue el black moon, que consideró algo más lento que el otro.
Samantha pareció no comprender ninguna cosa, porque se quedó de pie y estática.
—¿Ah? —dijo, confundida.
—Tráeme una cerveza negra. Cualquiera estará bien. —se agachó dejando a la vista las manos mientras buscó la coctelera—. Y una copa de espumante. Y un vaso…puede ser uno con protuberancias…ve tú. —volvió a aparecer para mirarle a los ojos, sonreír y seguir con lo suyo.
Tan pendiente estaba de que todo saliera bien, que ni siquiera dio pie a una conversación en profundidad. Abrió la coctelera y vertió los ingredientes mencionados. Quería que los líquidos trabajasen de manera independiente pero al mismo tiempo en conjunto, armónicos para que la sensación al gusto fuese rica, apropiada. No que la mujer deseara vomitar. Podía ser considerado un trago fuerte y excesivo para la hora, pero el cliente siempre tenía la razón y como no fue preguntada al respecto, ahí estaba, intentando aligerar lo más posible los sabores. Agitó la coctelera de izquierda a derecha y en el aire por unos segundos, hasta dar por culminada la mezcla. Arregló los hielos de manera ladeada para denotar que no fueron lanzados sin más en el interior. Sirvió el black moon y puso unas rodajas de frutilla en el filo. El resultado fue una atractiva bebida media rojiza, ideal para el verano por los colores que poseía. Depositó el pedido en la bandeja y siguió con el pedido del hombre. De reojo observó como este miraba a Alice, quien ni se dio cuenta de la situación por estar revisando su teléfono.
El black velvet constaba de espumante con cerveza, en un porcentaje de cincuenta-cincuenta, lo que no supuso gran reto para la italoamericana. Tampoco tuvo que mezclarlo. Disolvió la cerveza y el espumante con la ayuda de una varilla de cristal, que revolvió por al menos diez segundos. Para darle en el gusto con el asunto del hielo, usó una esfera de tamaño mediano. Las pinzas fueron de ayuda para evitar que se rebalsara. Terminado, dejó este al lado del otro y dejó que Alice se lo llevase.
La hora se pasó más rápido de lo normal y para cuando consiguió darse cuenta, eran las doce de la medianoche y no quedaban personas en el interior. Samantha se apresuró a cerrar con premura en sus manos y pies, y Alice llevó a la cocina los últimos vasos. Nick los lavó y guardó en lo que ella devolvía las botellas y demás cosas a su respectivo lugar. Cuarenta minutos después, quedaron libres para regresar a casa y poder descansar.
Exhausta y con deseos de lanzarse contra su cama, y segura de que ellos también se sentían de la misma manera, recorrió el bar hasta la oficina. Recogió unos papeles que tenía que revisar para enviárselos a Leonard, y sus cosas. Saldrían todos juntos y por ello su apuro en no atrasarlos más. Apagaron las luces y una vez todos fuera, cerró con llave. El llavero quedó en el bolso que a su vez, terminó en el hombro derecho.
—Nos vemos mañana, hermosas. —Nick se puso el casco y se acercó a su moto para irse.
Las tres, dispuestas en fila, hicieron señas con las manos para despedirse de él. Rompió la armonía del lugar cuando encendió el motor y aceleró. Antes de volver a verse, esperaron a que desapareciera en la calle. Solas en medio de una soledad que asumieron por el horario, Danna ya estaba dispuesta para separarse del grupo e ir a su automóvil.
—¿Vienes con nosotras, Danna? —Alice apuntó hacia atrás como si hubiese un lugar en concreto—. Iremos a una fiesta.
—Gracias por la invitación, pero tengo que rechazarla. Necesito descansar un poco. —ladeó una sonrisa después de una fingida mueca de hastío por no poder ir.
Sus pensamientos de victoria se vieron opacados por una nube gris que la hizo borrar la sonrisa que prevalecía en su carnosa boca. Marie fue la causante del cambio drástico. Querría hablar con ella en el momento en que viera que estaba conectada. La amaba con una locura inconmensurable, pero apenas se podía el cuerpo por toda la actividad del día, y lo que menos deseaba ahora era pasar tiempo en familia. Menos frente a una pantalla.
Tampoco es que tuviese ganas de salir, ni aunque la historia con su hermanastra fuese diferente. Varias noches se quedaron bebiendo en el bar o yendo a bares con música. Incluso estuvieron en la casa de cada uno de ellos para continuar la fiesta. Por primera vez en varias semanas lo único que buscaba con anhelo era estar en su casa, acostarse, ver alguna película o serie y dormir cuando por fin su cuerpo lo pidiese. Sin perder más tiempo, besó las mejillas de ambas chicas, les pidió que tuviesen mucho cuidado y que le dejaran un mensaje cuando estuvieran de vuelta en casa. Ellas gustosas de tener la atención de Danna, dijeron que sí a cada una de las cosas.
El regreso fue calmado. Ni siquiera pretendió esforzarse para ir más rápido de lo normal, cuyos kilómetros fueron absorbidos por las emisoras. Por suerte agarró cuatro canciones, de sus favoritas, en el final, y no perdió tiempo en tararear los coros. Hasta tuvo la imprudencia de encender un cigarrillo para mantener el estado pacífico en el que se encontraba. La tranquilidad no era uno de los adjetivos con los que habría sido descrita por algún compañero y amigo; pero quiso palpar la sensación en su cuerpo y ver qué tal le iba. En el fondo, supo que en Nápoles no tendría días de descanso. No si Giordana estaba presente en el cuadro familiar. Para su mala suerte, tampoco podía quitarla de la escena o pretender que no existía. Ella se hacía notar por más que Danna intentase hacer como si nada. Era un recordatorio constante de su niñez, el reflejo de su personalidad irascible y de su mal temperamento.
En casa conectó el teléfono a la red de Internet. Sonó varias veces, a trompicones, en lo que ella se deshizo del abrigo sin apartar la mano del aparato. En Italia, cuando tuvo una clase con una profesora demasiado joven como para creer que en realidad tenía título universitario, aprendió la táctica. Uno a uno cayeron los mensajes de diferentes personas. Marie, de las primeras, depositó una gran variedad de palabras cortadas. Le pidió que por favor hablasen al día siguiente, se sentía mal y no tenía ánimos para conectarse. El siguiente es de su padre, quien demandó saber la fecha exacta en la que viajaría a Nápoles; necesitaba conversar con ella de un asunto urgente. No se podía hablar por teléfono, lo que la inquietó. Otros del grupo del bar, donde las chicas mandaron fotografías, selfies, de la fiesta donde estaban. Leonard es el que quedó abajo de la pila, invitándola a cenar para cuando tuviese algo de tiempo para su mejor amigo. Dejó el teléfono sobre la encimera, dispuesta a conseguir dormir al menos un par de horas antes de su próxima aventura.
Un baño rápido fue todo lo que necesitó para sentir que los músculos cedían y dejaban de presionar contra su piel. Lista para acostarse, con el camisón de seda negro cubriendo una sensual parte de su anatomía, esparció crema humectante por sus piernas, brazos y cuello. Cepilló su cabello frente al espejo del tocador y terminó por sacarse la lengua frente al espejo. Se detestaba en grandes proporciones y por días, todo dependía de su estado de ánimo y los comentarios que su mente repitiese. Nadie creería que una mujer que a simple vista resultaba atractiva e inteligente, pudiese sentir semejantes cosas por sí misma, pero esa era su realidad, una que todos desconocían fuera de las cuatro paredes que le otorgaban intimidad.
Acostada, cubrió su cuerpo hasta la cintura con las caras sábanas de seda y se giró dos veces. Para apagar la luz de la lámpara y para acomodarse en su posición usual de descanso. Cerró los ojos y aguardó a que el receloso sueño fuese a hacerle una visita más pronta que otras veces. No salió como esperaba. Apretó los ojos hasta que estos dolieron, y encaprichada con la idea de no levantarse e ir al piano, finalmente pudo armar un sueño, no tan reponedor como deseaba, pero por lo menos no estuvo hasta las tres de la mañana con los ojos pegados al techo, más despierta que por la mañana.
Capítulo 14.Los siguientes días fueron igual de complicados y atareados que los anteriores. Dean se movía de un lado a otro investigando y aportando más datos a las diferentes causas; ella cada vez más ensimismada en sus pensamientos. Intentaba no pensar en su viaje pero las horas se extinguían frente a sus ojos y no podía hacer ni lo más mínimo para acallar la sensación de incertidumbre. Sin importar lo segura que fuese, siempre habría algo que la hacía trastabillar en cuanto a su familia se tratase. A último momento pensó en cancelar el vuelo y excusarse con ellos. Podría decir que el FBI la tenía hasta el cuello de trabajo, —lo que no era mentira, puesto que los más capacitados para lavado de dinero eran los dos agentes—, pero entonces su padre o Dante pondrían sus conexiones a recorrer las calles de la ciudad hasta saber lo que sucedía con Danna. Y para los hombres Costello no existían límites. Solo por eso siguió con el plan de abandonar el continente y descansar unos pocos días.
El hombre, más que acostumbrado a romper su espacio personal, colocó ambas manos a los costados de la mesa, acorrándola entre la silla y el filo. Por su parte, presiono hacia atrás en un intento por librarse. No lo consiguió, pero al menos no sintió que el borde iba a partirla por la mitad. Respiró hondo y ladeó la cabeza para así ver a su compañero.
—Necesito que vayas al archivo a buscar una carpeta, Danna. —fue lo primero que escuchó de Dean—. Tenemos este caso desde hace cuatro meses y es hora que le pongamos punto final.
Danna mordisqueó la tapa del lápiz, decida a dos cosas: callarse o lanzar toda la artillería sobre el mayor. Miró alrededor. Todos los agentes tenían asuntos más importantes que hacer, y no sería ella quien los sacara de su burbuja de individualidad para observar el espectáculo que imaginó en su mente.
—¿Y por qué tengo que ir yo? —señaló de vuelta.
—Porque eres ordenada y sabes dónde están las cosas. Serás mucho más rápida que yo en ese laberinto de papeles. —Dean sabía que adular a Danna era parte de los incentivos que había que darle para salirse con la suya.
—¿Qué es lo que necesitas?
Dijo después de incalculables segundos. Benjamin los miraba desde hace unos metros. Sus ojos decían una sola cosa: orgullo. Quizás no pensaba que pudiese soportar tanto en el bureau, pero esa jovencita indisciplinada estaba mostrando buenos resultados y con la ayuda de Hawkins, estaba listo para algún día abandonar sus jinetas de buena manera. Había creado a dos agentes de élite. Habían muchas cosas que todavía no conocía de Danna pero que pretendía desenterrar con cautela, y una de esas era la muerte de su madre. Él tampoco creía en lo que el archivo decía, —lo leyó justo después de haberla aceptado como recluta—, pero los años pasaron y ya no tenían posibilidades de ver si la autopsia fue acertada.
Mientras tanto, Dean le explicó a Danna lo que necesitaba: el caso de Jordan Michaels, deportista de alto rendimiento y con altas expectativas de blanquear dinero por medio de diferentes empresas y propiedades. Ella pensó que no volverían a retomar esa investigación, la que se atrasó cuando el hombre en cuestión simuló su muerte, su suicidio, por evitar ser interrogado y despojado de sus bienes. Lo último fue lo que más lo asustó, según la opinión de la castaña. La cosa es que después de eso pensaron que el caso estaba cerrado, pero nueva información sobre movimientos bancarios en una cuenta que el FBI desconocía los puso sobre aviso. Tendrían que poner todas sus ganas en volver a revisar porque Dean estaba equivocado. No eran solo papeles o carpetas, eran tres cajas tanto con evidencia como con data. Dos lugares a los que ir, pero Danna pasaría por el archivador primero.
Cruzó la inmensa oficina hasta estar en el interior. Encendió la luz al costado de la pared, cerca de la puerta. Esta se cerró por la presión del aire en las bisagras, lo que descartaba un golpe innecesario o que los agentes no pudiesen salir con lo necesario. El brillo artificial de la luz blanca le molestó en los ojos. La claridad la encegueció unos segundos, hasta que consiguió acostumbrarse y caminar entre los pasillos para hallar el apellido que necesitaba Recorrió las esquinas de los archivadores con la yema de los dedos, repasando la tinta seca. A veces, dependiendo de la letra o el color, tuvo que acercarse para diferenciar la caligrafía. Maldijo, por supuesto. Dean siempre buscaba formas de esquivar este tipo de procesos, unos que habrá hecho miles de veces en comparación a Danna. Dio dos vueltas más por el lugar hasta que por fin encontró la sección. Juntó las cajas una sobre otra, las pegó a su cuerpo e hizo equilibrio para llevarlas hacia el escritorio que volvían a compartir. Podría haberse demorado mucho menos si el computador hubiese estado disponible para iniciar la búsqueda con los códigos. Simplemente no era su día de suerte. Dudaba si existían, de hecho.
Antes de abandonar el cuadrado con olor a humedad y aromatizante barato, Danna reparó en una cosa. Llamó su atención y le fue imposible negarse a la tentación de echar un vistazo a una caja en particular. Su curiosidad fue mayor cuando una palabra cobró sentido en su cabeza. Abrió los ojos con despampanante impresión. Fijó la vista en la mesa, dejó el cargamento ahí y antes de tomar la carpeta, se secó las palmas de las manos en sus muslos. Obtuvo la nueva caja de color azul, la extrajo de su lugar y sacó lo primero que encontró: un expediente. Temblorosa, fue incapaz de abrirla ahí, sobre todo porque no sabía si el agente podría salir a su encuentro debido a la demora o alguno de sus compañeros la vería ahí, hurgando como una delincuente. Tuvo una mejor idea: tenía que llevársela a casa y leerla con la tranquilidad que se le permitiese en la intimidad. Ocultó esta debajo de las cajas, y sostuvo con cuidado para que no se cayese a medio camino.
El día laboral terminó más tarde de lo esperado y con un mal genio incluso peor del habitual. Benjamin no reparó nunca en el tiempo que esta se tomó para regresar, pero sí que supo compensar ese retraso con todos sus sentidos holísticos hacia la investigación. De hecho, el equipo entregó a Moore dos planas con posibles teorías, sumado a un tatuaje en la zona del cuello, donde en otra imagen había evidencias de haber sido removido. Conforme con ese avance que debió suceder hace mucho tiempo, les permitió abandonar las instalaciones con la promesa explícita, —porque su superior no tambaleó a la hora de enfrentarse al carácter napolitano de Danna—, de que continuarían hasta poder probar los cargos que se le estaban imputando. Tendrían que estudiar durante el resto de la semana, y los escasos días de relajo. Costello se tomó como meta personal finalizar antes de su viaje. No desaprovecharía los días con su familia por culpa de un asunto profesional.
Capítulo 15.Apenas se despidió de Dean solo con la mano debido al apuro que sentía por verse sola con las hojas que había robado, Danna condujo de vuelta por unos minutos que se transformaron en una pesadilla. La misma sensación que experimentó cuando corría hacia la puerta y jamás tocaba el bronce de la chapa, con el deje amargo de haber chupado una llave o el olor a monedas en la yema de los dedos. Ansiedad. Empezó a sentir que le faltaba el aire y que si no llegaba pronto, incluso podría provocar un accidente. Era inestable no solo emocionalmente, sino que había algo en su mente, recuerdos del pasado que la azotaban contra una muralla de concreto difícil de romper, que aparecía en momentos así, menos esperados. Supuso que la mejor medicina era poner algo de música y así bloquear durante los kilómetros restantes esa idea que volaba en círculos a su alrededor.
Condujo. Aceleró. Pasó algunos automóviles hasta que por fin llegó.
Una noche típica para ella se reducía a símbolos que tenían más sentido si se conocía de su vida. Por ejemplo, el tener que tocar el piano en las madrugadas. Su sueño era pesado más no conseguía descansar todas las horas necesarias ni tampoco era un ser humano que se fuese a la cama y consiguiera dormir de inmediato. Tres o cuatro de la mañana, Danna tenía un pequeño honorario planificado. La música suponía un elemento agridulce: los recuerdos de su madre versus los primeros y horribles años en Nápoles. Era su deleite y su tortura a partes iguales. El bourbon, otro de los placeres de su vida, y por lo que mucha gente que la “conocía”, —porque creía que no era tan fácil como verla y hacer un dibujo de cada rasgo de su personalidad—, la consideraba una borracha, no era más que la sensación de adormecimiento para evitar o desinhibir. Usaba ambas dependiendo de la situación en la que estuviese. También, Danna Costello cocinaba; causaba mucha impresión cuando lo mencionaba, pero hubiese sido una real locura que una mujer con raíces italianas no supiese hacer una pasta casera o un buen postre. Su nonna le enseñó, y ella aprendió sin problema. Fumaba, pero no en exceso. Sabía que tenía que estar en buen estado físico para las pruebas y los entrenamientos, por ello se consideraba más una fumadora social. Las drogas, eso ya era parte del pasado. Pretendía que fuese así y hasta ahora lo había conseguido con sobresalientes resultados.
Con su copa de alcohol sobre la mesa, un lápiz y una libreta de tamaño mediano, Danna irguió su cuerpo contra lo que tenía al frente. Apoyó los diminutos codos sobre los muslos en busca de soporte, y sostuvo la carpeta en alto. Si su jefe se enteraba de que había un archivo perdido, se sabría de inmediato quién había sido y las represalias podrían ser incluso la expulsión de la institución. Por eso contaba con que no se supiese ninguna cosa, de momento. No comprendería sus argumentos, en todo caso. Tampoco quiso mencionárselo a su compañero: no quería meterlo en problemas y menos que le preguntara más de la cuenta. Sola, con la chimenea quemando los leños artificiales y que parecían casi reales, abrió por fin el motivo de su exultante comportamiento.
Lo primero la dejó sin palabras. Era una foto de Danielle Selene, la mujer que la había traído a la vida. Se veía hermosa, sonriente y con unos ojos azules intensos y brillantes. Irradiaba confianza, pero no con egocentrismo; era amor en estado puro. A un costado, una ficha con sus datos personales, cosas que ella ya sabía. Al leer el nombre de sus abuelos, no pudo evitar reparar en que nunca quisieron conocerla. Ni tampoco hacerse cargo una vez su hija falleció. No sabía mucho de ese lado de sus raíces, pero creía que ya no era momento para indagar más. Si ellos no quisieron obtener información de su nieta, no había que darle más vueltas al asunto. No la querían. Simple. Sus ojos devoraron las primeras líneas de información preliminar; cómo estaba vestida esa noche, lo que supuestamente sucedió. Testigos, etcétera. Las siguientes páginas revelaron la descripción de la escena del crimen, autopsia preliminar y una detallada explicación de uno de los forenses. Más adelante, los testimonios. Primero estaba la madre de Leonard, después una vecina cuyo nombre no reconoció y después, el suyo. El bourbon se le atragantó en la garganta. No quiso leer ninguna cosa que la hiciera volver atrás. Regresó unas hojas y repasó.
Danielle había sufrido una supuesta falla respiratoria que derivó en su muerte. Se explicaba que quizás dicha anomalía era genética y que por eso antes no se presentaron síntomas anteriores a su deceso. Habían muchos términos que no entendía y que no buscaría en Internet. Su madre era una mujer activa, con un estilo de vida saludable y lleno de actividad. Ella, pequeña y todo pero perspicaz, no habría reparado en ese tipo de cosas. Para Danna, todo fue muy repentino. Lo escrito ahí, era una completa mentira. Quiso con todas sus fuerzas tener el valor de arrancar las hojas y hacerlas añicos. Más que eso, deseó tener una chimenea ardiente que fuese capaz de eliminar de tajo la evidencia. Estuvo a punto de arrugarlas entre sus delicados y largos dedos. Solo desistió de la idea cuando este comenzó a doblarse en los costados.
Su madre había nacido el diecisiete de agosto de mil novecientos sesenta y nueve y había fallecido el veintiséis de abril del dos mil dos, justo a los treinta y tres años. Danna, de nueve años, quedó huérfana siendo que a la fecha, su progenitora estaría bordeando los cincuenta. La tuvo extremadamente joven, tanto que así que a sus padres no les importó en lo más mínimo a la hora de decirle que tenía que escoger entre la bebé fuera del matrimonio o quedarse con ellos y desprenderse de ella. Delle, un apodo entregado por sus amigos, decidió lo último, que la llevó a tan desastroso final. ¿Acaso Danna se sentía culpable? Quizás un poco. ¿Culpaba a Dios? Con todas sus letras. Ni siquiera creía mantener una relación amistosa, sino más bien de beneficio. Si algo iba mal y necesitaba ayuda celestial, recurría a Él; le debía algo y el interés ni la deuda cesaban.
Como el informe médico no seducía a creer que hubo intención de terceras personas, el caso quedó ahí, cerrado. Causas naturales, a modo de cierre. La firma del doctor a cargo atenuó la duda, una obsesión que no terminaría ahí. Danna quería saber absolutamente todo lo sucedido esa noche. Quería respuestas y sobre todo, encontrar la incógnita a sus pesadillas nocturnas. Bebió más de la mitad de la botella de bourbon que permanecía sobre la mesa de centro actuando como adorno provisional, sin sentir los estragos del alcohol en la sangre.
Todo daba vueltas alrededor de la mayor de los Costello, quien no se detenía por mucho tiempo al anotar, marcar, subrayar y encerrar, cualquier cosa que le resultase esencial en el asunto. Todo con el mismo lápiz, pero hallando la forma en que fuese distinto cuando recurriera a sus notas, porque el archivo original no podía ser alterado de ninguna forma posible. Y tenía que ser devuelto mañana, lo que dejaba poco espacio a quedar con pendientes. Tampoco era solución terminar de hacerlo en el trabajo, donde más de un curioso podría dar con lo que alimentase su ausencia. O hasta el mismo Moore, quien últimamente estaba más pendiente de lo normal de las cosas que hacía la italoamericana.
Lo que más llamó su atención fue el hecho de que la primera persona a la que se le comunicó de la muerte de su madre, fue Alessandro. En su teléfono no había registros de familiares, y como la mamá de Leonard vivía al lado, fue descartada de inmediato. Su padre, consciente de la situación de abandono en la que Danna quedaría o en una posible familia adoptiva gracias a servicio de menores, decidió viajar esa misma noche y hacerse cargo de la pequeña, la que por supuesto llevaba la misma sangre que él. Y lo más importante, se transformaría en el incondicional recuerdo de su amada Danielle, a quien no pudo tener a su lado como deseaba. También estaba la copia de su testamento, —otro motivo a tener en consideración y que Danna no podía entender en totalidad—, el que quedó en posesión de su padre. Los asuntos físicos del cuerpo prefirió dejarlos en la confidencialidad de su mente.
Pronto volvería a retomar el caso, pero por ahora había otro asunto en su cabeza. Ir a Nápoles, fingir que todo estaba bien. Aguantar, lucir despreocupada y hacer que su familia no sintiera el peso de la profesión que cargaba.
Capítulo 16. (flashback)—Todo va a estar bien, Danna. —su padre mencionó de pronto.
Ahí fue cuando se dio cuenta del lugar donde se encontraba. Asomó sus curiosos y grandes ojos por todo el lugar, tanto que incluso se tomó la libertad, sin consultarle a su padre, para dar unos pequeños y diminutos pasos a su alrededor. Estaba atestado de gente y el ruido del gentío era tal que prefirió permanecer con los oídos tapados. Las palmas disminuyeron en algo la molestia que sintió, más no del todo. Era como estar en un planeta repleto de extraterrestres; demasiado lánguidos en comparación a ella, más altos y moviéndose con maletas y bolsos. Su padre la apartó con cuidado antes de que una mujer y su esposo la atropellaran con su andar militar.
—No quiero estar aquí. —dijo la menor, dándose la vuelta para encarar a Alessandro.
Este puso una mueca compasiva. Vio sus labios abrirse pero no pudieron decir ninguna cosa. ¿Qué dirían? Ya le había explicado una y otra vez lo que sucedería ahora, los cambios a los que tendría que acostumbrarse y al nuevo idioma que iría aprendiendo con el tiempo. Eso la asustó tanto que casi se pone a llorar. Pero no pudo. Algo había hecho click en su cabeza, como un interruptor para apagar sus emociones. Lo mismo le sucedió en el funeral de su madre. Todos mencionaban una y otra vez que ver a un especialista sería lo ideal, pero su padre, entendiendo el dolor por el que la menor pasaba, les dijo que solo necesitaba “tiempo”. Todo se reducía a esa pequeña palabra llena de incertidumbre.
—Oh, bellissima. Te va a encantar el lugar donde viviremos de ahora en adelante. —el mayor se puso a su altura, con las manos sobre los hombros ajenos—. Eres una niña preciosa, ¿lo sabes? —ella asintió con sus regordetes cachetes inflados por el comienzo de una pataleta—. Tu madre estaría orgullosa de ti, mi bambina.
Orgullo. No entendía lo que significaba pero asumió que tenía que ver con la sensación de amor incondicional y maravilloso que una madre puede entregar. Algo que ella ya no tendría. Eso la puso triste pero hizo todo lo posible para que no se notase. Ya estaba muy nerviosa por todo el asunto de conocer a sus hermanastros y a la esposa de Alessandro. Solo esperaba que ya no hubiera más sorpresas en el resto del viaje. Parpadeó un par de veces con exigente e involuntario deseo por callarse. Su padre, sostenía dos papeles impresos en la mano derecha y en la otra, el teléfono con el que había interactuado varias veces. No se había alejado de ella en ningún momento, así que pudo escuchar a la persona del otro lado. Una mujer.—¿Podremos comer algo en el camino? —preguntó de pronto.
Eso sobresaltó a su padre, quien poco acostumbrado a la forma de Danna para cambiar el tema de conversación, sonrió. Quería que se sintiera cómoda y feliz, así que en un suave asentimiento de cabeza respondió con sinceridad.
—Podrás comer, sí. —tocó el puente de su nariz con el índice—. Aunque procuraremos que no sea tanto para que puedas cenar algo en casa.
—Pensé que nos quedaríamos aquí. Este es mi hogar.
Cuando Alessandro le entregó su chaqueta azul, ella puso los bracitos delgados y cortos en posición para solo tener que quedarse quieta. Él notó la dependencia hacia los demás, y no mostró interés por cambiar esa conducta. Era una niña; por supuesto que querría tener ayuda. Y se la prestó. También abotonó cada uno de los botones hasta volver a mirarla a la cara. Notó un fugaz rasgo de Danielle en la pequeña de ojos redondeados y azules. Tanto fue el impacto que sintió que el corazón dio una brutal punzada justo en el medio. Lo descolocó por completo con su imperiosa y marcada perseverancia, una silenciosa pero decidida.
—Danna… —fue lo primero que Alessandro dijo—. ...no hay nadie que se haga cargo de ti.
—Estás tú, ¿no? —ladeó la cabeza. No comprendía el significado de esa oración.
—Sí, pero yo no puedo quedarme en New York. —aclaró con un inconfundible acento italiano mezclado con el inglés fluido y practicado.
—Porque tienes tu familia allá, en Italia.
Se creó un silencio sepulcral entre ambos. Alessandro no tenía cómo explicarle a Danna que las cosas habían sido así sin que él pudiese poner sus deseos por sobre el deber. Menos involucrar emociones que ella aún no sentía. Avergonzado por lo despierta de su hija mayor, negó. Se le veía ligeramente cansado, abatido. Acababa de perder al amor de su vida, tenía varios asuntos pendientes con la pequeña de ambos y encima, tendría que responsabilizarse el doble. Sus otros dos hijos tendrían a su madre, y Giordana no estaba dispuesta a hacerse cargo de una niña que fue criada de otra manera, por lo que ella, la misma que le observaba con aquellos frágiles ojos, solo lo tendría a él.
—Danna… —la costumbre lo obligó a llamarla otra vez—. ...será también tu familia.
No sonó tan convencido. No por Dante o Marie; ellos adorarían a la hermana mayor y podía apostarlo con las manos en las brasas más calientes. Querrían jugar con ella y enseñarle todo lo posible, partiendo por el idioma. No debía transformarse en una barrera imposible de sortear, y confiaba que con varios profesores podría acostumbrarse al italiano con que debería crecer de ahora en adelante. Nunca lo pensó, el tener que enseñarle su propio lenguaje por necesidad y no por placer. Eso le disgustó.
—Los pasajeros con destino a Nápoles, Italia, dirigirse por favor a la puerta número catorce. El avión despegará en media hora.
La voz que habló del cielo la dejó cautivada. Miró en todas direcciones hasta que el cuello le pidió un descanso. No encontró a nadie observándola desde arriba, y generó una nueva interrogante de dónde estaba esa persona, y cómo era. ¿Se parecía a su madre? ¿Sería ella, por esas casualidades? Sin crearse ilusiones, Danna metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. No quiso mezclar las voces, los colores que salían a su imaginación eran totalmente distintos de los que recordaba. No quería olvidarse de la risa de su madre, menos del impecable gesto serio que empleaba cuando debía regañarla.
Alessandro la guió con una mano en el hombro durante todo el trayecto. Si la tenía delante era más fácil para él poder prestarle el cien por ciento de la atención y cuidarla. Así, también caminaron más rápido hacia la fila que comenzaba a formarse. Abordaron luego de revisar que el número de vuelo era el mismo y se instalaron en sus asientos. La noche cayó en la ciudad y las luces de la pista brillaron en reflejo en las orbes de la menor. Apoyó la nariz contra la ventana redonda. No se le vio nerviosa, asustada u otro. Era su primera vez y lo que predominaba en ella era curiosidad, ganas de saber cómo iban a volar. Nunca lo había hecho; siempre era su padre el que viajaba a visitarlas, así que lo único que conocía era New York. O fue lo que creía a rajatabla.
A Danna le colgaron los pies y le gustó la sensación. Podía moverse con total libertad en ese inmenso espacio que quedaba hasta el asiento delantero. Su padre, como observó de reojo, permaneció con la vista en unos papeles, los que estaban cuidadosamente ordenados sobre la mesa auxiliar de plástico gris, mientras ella, con una similar, dibujaba y apoyaba sus brazos cuando la hora de comer llegaba. Ni percibió el movimiento del avión al despegar. Callada y bien portada, permaneció todo el vuelo en compañía de sus lápices y una película de Disney; BlancaNieves, su favorita entre todas las princesas. Su padre lo agradeció en silencio, y se sorprendió por la calma que ella experimentaba y los largos periodos de ausencia que tenía. Otros niños exigían atención de sus padres, gritaban que estaban aburridos y que querían bajarse, pero su hija era casi una estatua.
Lo que él no sabía, era que cuando Danielle hacía sus clases, ella tenía que estar ahí. Con el dinero que ganaba, no había oportunidad de contratar a una niñera. Y la madre de Leonard no siempre podía transformarse en la primera opción para llamar. El dinero enviado por Alessandro terminó en una cuenta bancaria para Danna, al que dio uso cuando ingresó en la universidad. Nadie lo supo hasta ese instante. Él no lo podía creer; nunca le pidió algo.
El aire de la nueva ciudad le provocó picor en la nariz. No olía a nada particular, salvo que era mucho más fácil de respirar que en Estados Unidos y el paisaje era abierto, lleno de naturaleza. Le gustó y eso la ayudó a evadir por una fracción de segundo los nervios. Alessandro la tomó de la mano y fueron en búsqueda de sus maletas, las que colocó en un carro parecido a los de supermercado pero dado vuelta. Todo quedó organizado igual que ese juego que a su madre le gustaba tanto…¿tretis? ¿tretris? No recordó por más que presionó su cabeza. Pero sí vio imágenes de los colores y las formas cayendo despacio mientras daban vueltas hasta encajar abajo.
Como su padre vivía un poco lejos del aeropuerto, tomaron un taxi. Ella, con el cinturón de seguridad cruzado en el pecho, apenas pudo mirar hacia afuera. Ni tampoco al frente por ir tras el asiento del copiloto. No hablaron en el camino. Los dos parecían separados por una brecha extensa. El conductor hizo algunas preguntas sobre Danna, —lo supo solo porque escuchó su nombre—, pero fueron unas cuantas para romper el silencio en el interior del vehículo. Se conformó con contar, —medio saltado—, varios números hasta el cien. El trayecto no se le hizo tan largo después de todo. Lo que sí, le dolía el trasero y los muslos por estar sentada tanto tiempo.
—Grazie mille, signore. —al detenerse el auto, Alessandro agradeció al hombre con varios billetes.
Recibió el pago por su servicio y antes de que ella saltase del asiento, se dio la vuelta para mirarla a los ojos.
—Buona fortuna, Danna.
Ella sonrió de vuelta. No tenía idea de lo que significaba aquella frase, pero verle así de entusiasmado consiguió contagiarla de los mismos ánimos. Movió la mano como despedida.
Una reja larga, como la de la Casa Blanca, la impactó de inmediato. No había estado en un lugar tan grande y donde viviera una familia real. Abrió los ojos de par en par, sorprendida, gesto que para el patriarca de los Costello no pasó inadvertido. Dos personas salieron a tomar su equipaje, quienes también la saludaron con un suave asentimiento de cabeza. Enfocó la vista un poco más hacia dentro; la casa era inmensa, de color blanco y que de por sí tenía el toque elegante e imponente que dejaba sin aliento. Era demasiado para ella, y cualquiera se habría dado cuenta. Porque justo cuando estuvo a punto de decirle a su padre que quería regresar a su verdadero hogar, dos niños llamaron su atención.
Se quedó de una pieza. Sabía que tenía hermanastros, —porque no compartían la misma sangre por parte de su madre—, pero no se imaginó que el encuentro sería tan rápido. Un niño y una niña, donde Danna quedaba en el primer lugar. Corrieron a su encuentro entre saltos y trompicones de la menor, hasta que los alcanzaron. Primero saludaron a su padre con un abrazo apretado y un beso en cada mejilla. Cuando este los bajó del suelo, la miraron por todos lados. La niña se sostuvo de su hermano, quien prestó su brazo como soporte.
—Benvenuta in famiglia, Danna. Piacere di conoscerti. Mi chiamo Dante. —movió la cabeza después de presentarse—. Lei è mia sorella Marie.
El joven esperó por la respuesta de la nueva integrante de la familia, pero esta no supo qué decir. Como recurso, desvió la mirada hacia arriba. Su padre sonriente, le explicó lo que Dante quería decirle.
—Dante, recuerda que tendremos que hablar en inglés hasta que tu hermana pueda acostumbrarse. —dijo el mayor.
—Sí, padre. A veces lo olvido. —Dante formuló una sonrisa de medio lado—. ¿Quieres que te enseñemos tu habitación?
Recordó la propia, esa con pequeños detalles rosados y con dibujos en la pared hechos por su madre. La embargó una profunda pero parcial pena. Seguía sin comprender por qué no podía seguir viviendo ahí, donde siempre. Algo callada, inmóvil por un par de segundos más. Cambió de parecer porque no quería que creyeran que era una niña pesada o que no quería conocerlos. Por eso asintió y dio un paso hacia adelante para soltarse de su padre. Marie, que apenas pronunció unas cuantas palabras que Danna no entendió, la tomó de la mano. Así los tres anduvieron por la entrada demarcada hasta la inmensa puerta de ingreso a la casa. En el interior halló su primer obstáculo.
Una mujer de cabellos dorados como el mismo sol la miró fijo cuando cruzó el umbral. Era hermosa, con unos hombros echados hacia atrás con gracia y una sonrisa que podría ser de una actriz de Hollywood. Se acercó a ella y se colocó de cuclillas. Dante le dijo que era su madre, y que estaba esperando el momento porque llegase. No supo por qué, pero eso la hizo sentir un poco mejor. En la mano, sostenía un cigarrillo largo y más atrás, un objeto para sostenerlo.
—Dante, lleva a Marie arriba un momento. —pronunció en perfecto inglés—. Quisiera conversar con Danna un instante.
Aceptando lo que su madre había dispuesto, no tardaron en subir los amplios escalones que daban al segundo piso. Ella quiso seguirles pero ante la promesa de conversar con la esposa de su padre, aguantó con las manos tras su espalda y los dedos entrelazados.
—Mi nombre es Giordana. —se presentó. Volteó a ver a la puerta—. Y voy a ser tu nueva madre…¿qué te parece eso?
No le gustó. Frunció el ceño. Giordana captó la manera en que dicha mención molestó a la menor, por lo que amplió su sonrisa mucho más. Se le veían todos los dientes, perfectos y blancos pese al tabaco que fumaba.
—Tendrás que acostumbrarte a la idea si quieres vivir en esta casa, mocciosa. —elevó una ceja—. Si no, pediré que te vengan a buscar y que te lleven de vuelta a tu país.
A la hora de protestar, su padre volvió a aparecer para unírseles en la conversación. Danna iba a contarle, pero la mujer la sostuvo por brazo con fuerza para evitar la confrontación. La alzó del suelo un poco y le enterró las uñas.
—Ni se te ocurra o haré de tu vida un infierno aquí. —sus ojos la quemaron por dentro. Asustada, Danna asintió—. Vete, ahora.
Pasó por el lado de su padre, corriendo. Aceleró más sus pasos a la hora de subir los escalones. Por suerte supo de inmediato donde estaban sus hermanastros; la esperaban afuera de la habitación que sería suya. Suspiró con alivio, pero vio en los ojos de Dante un tenue brillo y los labios prensados. Pensó que era culpa suya, así que retrocedió. Después de lo que acababa de pasar con su madrastra fue lógico que tuviese cuidado.
—No le hagas caso, Danna. Nunca le hagas caso a lo que te diga. —fue lo único que Dante dijo antes de invitarla a entrar junto a ellos.